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Colectivo ACP | IMC Madrid |
LA PRIVATIZACIÓN DEL AGUA
Plan Hidrológico Nacional, manipulación política de los regadíos, presas que sepultan pueblos, la privatización de lo común como arma en el seno de una guerra global y permanente contra la humanidad, ¿hay algo acaso más
común que el agua?
Para convertir un bien común en mercancía, primero hay que volverlo escaso. Durante mucho tiempo, el agua de los ríos y de los acuíferos fue como el clima o el aire, un bien infinito, ilimitado, inagotable y casi inalterado por actos de origen humano. Pero un par de condiciones han cambiado esa realidad histórica de forma radical y casi universal: la utilización del agua hasta casi más allá de sus posibilidades de renovación natural; y su progresivo deterioro por obra de la
contaminación. Fue necesario primero, pues, desvalorizar
el agua como recurso natural, desposeer a las personas de autonomía y libertad para acceder a ella, para finalmente apropiarse del recurso. Una vez que el bien común se ha vuelto escaso, gracias a factores nada naturales ni inevitables, el neoliberalismo se encuentra en su terreno favorito: si a partir de ahora se desea utilizar el agua de forma eficiente, nos dice, sin despilfarro de dinero o recursos productivos,
privatícese y que sea el mercado, como se sabe el óptimo asignador de recursos, quien la distribuya entre aquellos usos y usuarios que sepan sacarle mayor
rentabilidad.
Según las conclusiones de la mesa sobre el agua del Foro Social Europeo de Florencia, el crecimiento urbano y la concentración de población y de actividades en cada vez menos centros de poder, junto con la agricultura intensiva, son las dos realidades que mayor escasez de agua provocan en el mundo. Arundhaty Roy nos ha contado, por ejemplo, cómo en la India las decisiones públicas en
torno al agua (construcción de grandes presas) y a la agricultura intensiva de regadío, lejos de incrementar el bienestar de la gente y de eliminar el hambre, están provocando mayores desigualdades y pobreza. En lugar de plantar lo que necesitan para comer, los agricultores empiezan a cultivar productos que puedan vender.
El acceso al agua se está haciendo cada vez más difícil
para mayor número de personas en el mundo (mil millones de personas no poseen actualmente acceso al agua potable), un proceso que empezó a producirse con sistemas de gestión estatales (cuya centralización acabó con muchas culturas de cuencas y saberes alternativos sobre manantiales y acuíferos) y que en el futuro se intensificará al pasar estos a manos privadas. Ya está pasando en Francia o Inglaterra o en muchos países de Latinoamérica. Y el modelo se extiende al planeta entero,
de la mano de grandes multinacionales, como Suez-Lyonnaise de Eaux o Général des Eaux (Vivendi).
Como se podía esperar, los sistemas de gestión privados,
que operan casi siempre en régimen de monopolio, han elevado apreciablemente el precio del agua y han agravado las desigualdades de acceso. Los sobornos, las corruptelas, los tratos de favor y las cláusulas secretas son el pan de cada día en los contratos de suministro privado de las aguas.
En España, después del monumental fracaso del trasvase Tajo-Segura, se empieza a diseñar el Plan Hidrológico Nacional, símbolo claro de la gestión autoritaria del agua (opciones políticas decididas previamente a todo
debate público, prevaricación técnica, ilusión de los “expertos”, etc.), defendido y construido por un cúmulo de falsedades y manipulaciones técnicas amplificadas
mediáticamente de manera escandalosa. La justificación hidráulica expuesta para los trasvases del Ebro previstos (que son su razón de ser) se cae por su propio
peso (enormidad de los bombeos necesarios, excesivo coste por metro cúbico, poca agua para el tamaño del recorrido, etc.) y los demás problemas que presenta no son de menor tamaño (desaparición del pueblo de Itoiz, calidad deficiente del agua en el Bajo Ebro, expolio de los recursos del Júcar, aguas sucias de retorno y más contaminación en la Cuenca del Segura, dotación de agua surrealista para Almería, etc.). Pero ya se sabe que los problemas que trae la economía capitalista a la gente, son soluciones para los que se benefician de ella
(promoción inmobiliaria y, sobre todo, el grupo de las grandes constructoras y las eléctricas, Iberdrola en este caso). El grave conflicto político que han desatado
las movilizaciones contrarias al PHN ha sido tratado con las mismas medicinas que los demás (LOU, Prestige, guerra en Irak): aplastamiento mediático, propaganda a raudales, criminalización de la disidencia, autoritarismo, etc. Pero las denuncias del Plan han conseguido al menos que Bruselas no se atreva por ahora (una discusión que está en el centro de la agenda política en la reuniones de Bruselas) a avalarlo: el Plan hace aguas por demasiados sitios. Las
movilizaciones expresan además una “nueva cultura del agua” contraria punto por punto al autoritarismo vigente (conservación y ahorro de agua, readaptación y
racionalización de los usos, protección de los ecosistemas acuáticos como prioridad social y ambiental, aprovechamiento racional del recurso, gestión comunal, etc.).
La Unión Europea, los Estados Unidos, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional apuestan decididamente por la privatización del agua, sobre todo aprovechando para legitimarse de los ejemplos desastrosos de muchas
gestiones estatales. La OMC viene insistiendo reiteradamente en las bondades de la liberalización de los servicios del agua, y lo volverá a hacer en septiembre, en Cancún. El movimiento de movimientos estará también allí, insistiendo en una de sus reivindicaciones más importantes, la gestión común de lo común, dispuesto a luchar contra todas las empalizadas y presas que privatizan y dificultan el acceso a los bienes públicos, que no son de nadie y que, por tanto, deberían ser de todos.
Colectivo Editorial Indyacp
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