Nueva Poesía  Cubana

 

Selección de Francis Sánchez
Para Quipu de Cultura

BÁRBARA YERA LEÓN (Cienfuegos, 10-Enero-1962). Ha publicado los poemarios Ausencias en la casa (Ed. Sed de Belleza, Santa Clara, 1995) y Libro de las decapitaciones (Ed. Reina del Mar, Cienfuegos, 2001). Es promotora cultural.

ROSA: ¿NO HAS VISTO NUNCA EL MAR?

 

ahora lo veo diariamente
sin emoción... ¡ya veis el mar!
MARIA VILLAR BUCETA
 


Se podrá salir del laberinto
sin la necesidad de desdoblarse.
Tal vez si usara una trenza coqueta
y llevara algo frágil
como aquella lindeza de obsidiana
el fisgón, diestro en sus oficios,
no despertara a los grillos.

Como quien construye galerías en la arena
yo tuve una amiga
bebía el té en vasijas de barro
que me hacían olvidar las fisuras del silencio.

Esta urgencia de hablar no me resulta.
Difícil simular que no la amo,
el mar si no se ve a diario nos conmueve.

Pero mi amante no se llamaba Rosa
y tenía algo de ola en sus acentos
llevaba con donaire el náufrago tatuaje
e igual al pez le gustaba caminar
soberbia y engreída.

Estuve con ella en los arrecifes;
recuerdo era invierno
y ni la cara de los muertos
ni la déspota ciudad nos importaba.

Aquí empieza aquella historia
me ufano algunas veces en contarla



RUSTICANA


Después de haber leído "Cavallería"
de Sigfredo Ariel.


Te acuerdas
entonces yo era un muchacho 
y abandonaba el corazón
a la taciturna música de los bares;
logré sobrevivir engañando a los marchantes
que, en su pleno abatimiento,
me ofrecían más alcohol.

Pasaba días enteros
entre gente que igual que yo
quiso ser un venado
o el delicado rostro de un cisne.
Y entonces yo era un muchacho y aceitaba
mi cuerpo
para seducir a las cándidas adolescentes
de mi pueblo;
lleno de perversidad y livianas tentaciones
llevaba el corazón.

Por aquel entonces
todos padecíamos de un raro pesimismo.

Por amargo que parezca
el recuerdo de estas cosas, me hace bien.



ABSURDA VIDA DEL PEZ Y EL HOMBRE


Ven junto a las rejas a mirar
como rompe la armonía el remiso hombrecillo,
hundiendo sus manos en el éter.
Tal vez sea el fundador de una velada estirpe;
trae a cuestas la suerte inquilina
de perseguidos ballesteros,
augurios de la noria,
desfile ladino de los jueves
como vigilia constante de la madre
y el delicado bochorno de guardar todas las nereidas.

Casamenteras comentan
de la estancia ríspida de alguna amante...
llevaba para ellas el disfraz inquisidor, azul celeste.

Ayer lo vieron oficiando a un ejército 
de nevados pececillos.
Demasiado impudor para quien maldice
el desvelo del pez sobre el terral.

II

Sube a la pendiente de la baranda
el adúltero perfil
para contemplar los gestos de afiebrados gariteros.

En el mes más cercano a los inviernos
descubre la apostasía de un muelle milenario,
como una figura difunta sobre el mármol
finge dormir el hijo
que ve subir por las entrañas de la madre
su puño prisionero.
El infame sonecillo del eco de una espada
tal vez despierte a los peces disecados.

Andariego gigantesco,
creció entre muros y geranios
creando la infinita diferencia.


J
OSÉ LUIS FARIÑAS (Ciudad Habana, 22-Febrero-1972). Escritor y pintor. Graduado de la Academia de Artes Plásticas San Alejandro (1991). Cursó la carrera de Pintura en el Instituto Superior de Arte (1991-1995). Autor del cuaderno de narraciones cortas Incuria (Ediciones Z, Ciudad Habana, l993), que ha sido traducido al inglés y al holandés. Ganó en el 2002 el Premio y Beca Prometeo de la revista La Gaceta de Cuba, por su cuaderno "Breve introducción a la nada". Ha ilustrado gran número de revistas y libros. Actualmente es artista independiente. 

BREVE INTRODUCCIÓN A LA NADA

 

El peso del abismo tiende a cero y el círculo previsto se desborda;
los gusanos recorren la escudilla, 
se pierde lo que se guarda y se salva lo dado por perdido.
JUANA GARCÍA ABÁS

I
Los jardines huelen a vísceras quemadas 
y no alcanzan las ceibas para tanta culpa.
Es tarde para despertar a los dioses.
La plaga se extiende sobre nuestro rito de baja resonancia
y sólo queda en pie el ruido de la clausura
en el túmulo que se rebela fuera de las órdenes
donde rigen los partos de la demencia.
Es inevitable correr por el campo minado
como un perro entre fantasmas distraídos;
la desmemoria llenará los cuencos 
hasta oxidar los engranajes ensenciales.
Quien hila el misterio pertenece a otro caos,
aunque su lenguaje se parezca a nuestras noches
y no cese el fuego en la semilla.
Reina la nevisca en el ojo de los nombres y la cacería se evapora,
es demasiado grande el espanto de las fieras.
Busca tu hilo de agua y sanarás sin la mancha del poder
que ata sin éxito los cabos sueltos de todas las desgracias.

Soy testigo de esta miel oscura que libera las piezas abovedadas.
Yo, que ni sonrío ni lloro para no interrumpir la primavera,
juego con mil y una cartas en blanco al fondo de una biblioteca municipal 
de bombillas rotas y ejemplares de estraza haciendo el polvo.
Las cosas que mi alma no quería tocar son las que ahora me sostienen.
Soy Job restaurando la luz ante los conos truncos de la gloria.

II
Esperas ver el entierro del demonio en Tierra Santa,
con tu nostalgia por los santos aterrados de Rila,
y no sabes qué elegir ni qué dejar de entre todas las miserias.
Te reclinas, los hongos de la fe te hacen una guerra de telas húmedas;
la madre del viento te lanza a tu próxima orilla 
para recibir la arena que ni salva ni mancha ni promete.
Ella sabe que tu renacimiento no será avisado;
sin tambores ni vinos volverás en tu cesta negra
y como un rey de pan ázimo dislocarás la danza de los antepasados.
No reces ni renuncies, porque estar salvados es este desgranarnos
y quedar latiendo entre alarmas hasta inundar la nada
mientras el infierno con su techo a mil aguas envejece
en el resinoso oleaje de sabios y traidores.
No llores, porque es tiempo de resurrección; 
hay cielo despejado detrás de la ceniza en vuelo
y será preciso que te inclines ante tu cadáver oloroso a rebaños
para que seas sólo un poco menos infeliz que tus barqueros.
Temerás la sabiduría de las nieves cifradas y de los gestos más tenues,
ésos que daban un errado sentido a unas manzanas secas 
y a tu última moneda que todavía gira buscando su tercera cara.
No te ocultes, no creas en refugios insumergibles;
la ballena está herida de muerte pero nos espiará por toda la eternidad.
Nosotros también yacemos en la playa; la herida que nos ha elegido 
vino de lejos dejándonos a solas, el vaso canope a la espalda,
acostumbrándose a nuestro hedor controlado a golpes.
En el pecho traemos pergaminos sin mácula 
donde nadie se atreverá a buscarnos,
y evitamos las alturas donde nacen los cambios 
por temor de ver la aparición de los primeros trazos imborrables.
No duermas, la lluvia nunca cesa. No hay paz ni vuelo perfecto.
Tu estirpe se mece al sereno, su murmullo resume en paz todas las guerras.
Pero no es a ti a quien buscan; en tus entrañas algo pesa demasiado.
Es a otro al que codician, el que tú serás en el principio,
y no les importa cuánta santidad padezcas hoy;
buscan la gracia perdida, el sedimento que extrae sus frutos de la muerte. 
Es día de aquelarre y hay consenso para romper las imágenes sagradas
pero el silencio es más fuerte.
Desentiérrate y articula tu queja hasta librarte de la sed de renuncia,
recuerda que el combate a ciegas es nuestro único recurso
contra el miedo a renacer de este lado de la esfinge,
cree en la contienda que nos gasta entre cuatro paredes de altura indefinida;
ni hoy ni ayer serás el enemigo que esperas.
Irrumpe sin reservas en el altar de tus pasos y desordena tu secuencia.
Estás solo en este combate; no habrá otro dragón para ti más que tú mismo ni otra lanza más que tu paciencia.
Sacude las ramas del árbol de tu suerte y acuna tu carga de almas larvales;
aunque sus frutos te sepulten y te decepcionen, habrás alcanzado la meta.

Vuélvete hacia la carne de tu espíritu, hacia ese verbo de oscura firmeza,
para que no tarde en calar tus huesos.
No eres sino polvo del polvo viviendo de la danza maldita 
y del abandonado abrazo de la estación de los vencidos
en la que se dispensa la flor de la harina aunque falten oraciones,
se oculten o no los cuchillos del festín entre mármoles nunca bien lavados
y aunque las treinta monedas circulen por tu causa como agua fresca.

III
El sacerdote come del mismo terrón donde aletean los parásitos del diablo.
La niebla llena los decrépitos parques en los que ya nadie espera nada;
allí temen la noche los lázaros policromados.
La edad de los remedios pasó mucho antes de la aurora
y en la cubierta de esta nave se nos arremolina el alma.
Nos dejamos dañar como animales de cultivo,
crecemos según el tamaño del recipiente que se nos destina
y tenemos el grano de maíz tatuado en la mirada.
Sacudirnos las sombras de la sangre es un destello:
lo que sigue lo cubre todo de cenizas.
Me tiendes tu mano sucia de años y de pactos;

desde el Ganges la asomas, junto a su huella de oculto sílex.
Tu esfuerzo a mitad de diluvio me hiela;
siembro y resisto reuniendo las pruebas sin rencores,
semejante a Diodorus tras la ruta de los bronces domésticos.
No encuentro la salida sino la grieta hacia mi propio lecho
entre la noche y el desierto destramando los milenios.
Navego de espaldas a tu cara oblicua para perderme en la penumbra;
la fuga nos cura, a pesar de la muerte y sus manjares.
Penetro las aguas mansas de Hetep y sin paz que me debilite 
me aventuro hacia la ciudad de las cosas ocultas
cuando la entrega de lo invisible pesa más.
Hoy las almas festejan la amarilla estación del fruto madre, 
más allá del número y del Sol.

IV
Sabio señor de los míseros, tú, quien contradice la grandeza,
desvía ahora mi zona de peligros, déjame pasar de barca en barca,
permíteme ser viento propicio y evita que me anulen las aguas.
Venimos a curtir las apariencias heredadas con el vientre vacío
y ningún cetro en la mano para espantar las moscas.
Nada tememos porque venimos de los hornos 
de un mundo donde todo está perdido
a restaurar la sal de los arpistas mientras el verano raja los caminos.
Haz que estalle en tu cara el soplo de las futuras muertes,
deja que el humo de otro comienzo manche tus entrañas.

V
Todo parecía en orden con la isla llena de zorros 
y alegres ídolos de cera renaciendo junto al fuego. 
Los senderos habituales ahora están dormidos
y es aconsejable dejarlos descansar porque ya no somos de este mundo.
Un halo de extraña bondad abriga las columnas,
los brazos del caos recogen la cosecha y el ungüento salvador no alcanza.
Mi extensión es hoy la más temida; en mi corriente turbia 
se baña Seth obrando el cuerpo de las transformaciones.
Soy una brisa tallada en madera de sicomoro;
ni buenas ni malas son mis trampas ahogadas en aceite,
las que me retienen en el sitio del primer olivo,
a salvo del fervor migratorio que arde todavía.
Los espejos que civilizan se rompen y el venaje del hielo queda expuesto,
rojo y remoto, como el temblor de los martillos de Moscú.
Agoniza sin temor y no preguntes; la resurrección ya es un hecho
y el cielo esférico de la infancia se pudre en pleno agosto.
Es obligado tocar fondo mientras la montaña esté embrujada.
Las máscaras de piedra comienzan a sangrar
y a la higuera vuelve el maestro sin su manto, a codiciar tibiezas.
Los perros abrevan en las aguas de lo que imaginamos a salvo.
¿Dónde está la palma volátil de la victoria?
He visto caer más cabezas que cuerpos. 
A eso llaman miopía los maestros de escuela cerrándole el paso al arca.


VI
Arrodíllate, cumple con la marea que borra tu giro virtual
y acepta la inundación de tu caverna;
nada debemos emprender contra la dispersión de nuestra imagen.
Elige una prisión y desteje tu despeñadero color flor de Coleridge,
deja en su nido a las Parcas y haz que te adoren sin tocarte;
tu recta locura de fardo funerario les permite cortar el hilo renaciente.
Nada serías sin el silencio que te despide reconstruyéndote
para que cruces los umbrales del verbo, entre la grava y tus residuos, 
donde se perece girando al vacío sin importar que florezcas por inercia.

VII
Las flechas me alcanzan desde adentro,
y pienso en la elegancia de mis hijos que me suponen sin espinas, 
impecable como un sueño de Moisés, 
a través de las viñas cadavéricas de la ciudad.
Soy paciente y hago pulpas de papeleras con mis escasos dones.
Les advierto que estamos en Cuaresma, que la huída es inútil 
y que la luz ya no es la misma; pero confían en lo vacío y no me escuchan
ni cuando empiezo a partir en mil el amargo bocado.
Así lastiman la sencillez de estos días tan cortos
dejando en vilo mi palabra que salta al abismo que el propio salto encarna.
Dios, bajo mi piel, está gritando sin alma allí donde soy un campo de fresas
que los bueyes sagrados pisotean para mostrar la ley: 
el camino de la destrucción es el más fuerte.

VIII
Entre palmas reales no es fácil ocultarse;
lo saben los vivos y en carne propia lo viven los muertos,
pero vendrá el auxilio si pedimos lo que nos pertenecía desde el principio.

Job está de vuelta en casa, la respiración incumple el sueño
al margen de la recta vía, y sin necesidad de prodigio vuelve al sepulcro.
Job es una cesta donde los comejenes defecan.
Job es tu claridad esperando la noche para multiplicarse.
Job es esta espera entre calzadas en penumbras y molinos rotos.

Confundida quedó el ave con la cifra;
también entre guadañas brotan manzanos el justo día del loto.
Espantados sean nuestros nombres.
Boca arriba somos saciados de lodo fresco;
los cultivos ya le hacen sombra a Dios, 
porque lo inesperado trabaja por el silencio de mañana.

IX
El azar es cosa del demonio, pero es el padre quien hace girar los dados;
como campanas sin badajo oscilarán las respuestas
hasta que el brillo de las serpientes regrese a los iconos.
El eco del pantano nunca miente, es el centro de todas las tiradas.

Destejido voy hacia la pirámide invertida y escucho un trazo inseguro 
esbozando la primera línea de latitud sobre el fervor de las cartografías.
Nos rigen todavía las pequeñeces de Atenas y sus buhos 
que atraviesan los velos desde el Estigia al Cauto sin creer en las formas.
La estación matriz no tiene nombre, ni lugar ni medida;
ha llegado el tiempo de restaurar los palomares del origen,
ya se sabe que la prisa destruye la eficacia de la ofrenda.
Bajo mis restos los ejércitos de Alejandro vuelven
y develan el mar de Hicarnia y las dos patrias del Sol.
Nada queda oculto, nada se pierde en el reflujo que nos conduce
de regreso al umbral; somos una mancha de peces huyendo del pelícano.

¿Dónde estás, alma de Dios, que te busco y te alejas?
Mis palmas se queman de sólo no tenerte.
¿Dónde hilas tu fruto, que haces girar para que no muera?
Yo sólo veo una masa dorada que ríe sin fatiga donde terminan las horas.
Dime dónde estás y sabré quién soy.

 


MAIKEL GARCÍA (Cabaiguán, S. Spíritus, 9-Diciembre-1980). Desde 1990 reside en el poblado Santa Fe de la Isla de la Juventud. Ha publicado los poemarios Despedir a Sodoma (Ed. El Abra, Isla de la Juventud, 2000) y Deportado al imperio (Premio Mangle Rojo. Ed. Áncoras, I. de la Juventud, 2002). Actualmente cursa Licenciatura en Inglés en el Instituto Superior Pedagógico. 


CONSPIRACIÓN DE UNA RAZA SIN ROSTRO

Atrás quedan huellas, columnas de humo y algunas de las lloviznas que nos alimentaban la piel cuando todavía éramos océano. Porque, antes de ser cautivos, los dedos moldearon, mimaron y regaron generosamente al verde común y la soledad se izó en nosotros cual única virtud humana en tiempos difíciles y sin fertilidad. De esa manera aprendieron huesos, mirada, canto y espíritu a loar lo primario, a comer y respirar del ruiseñor hasta que una tarde alguien nos enseñó la esclavitud. El relámpago sorprende a una multitud de cabezas que aprueba el acto de conquista. Y todo funciona como si la marea, impúdicamente violada, se torciera para darle la mano a tantas grietas contrarias a lo infinito, enemigas del nacimiento. Así baila en las banderas el viejísimo pájaro-leyenda del origen devenido en sombra de la memoria a causa de la tolerancia. Ese -y sólo ese- es el pasado que heredamos cuando el ancestral conjunto de curvas y claroscuros se buscan interminablemente. Delante de los espejos o encima de la fuente apacible nos encontramos. Con los brazos bien abiertos y la visión clavada en el fondo, en el lugar que "el otro" o "la suposición de evidente existencia real" ocupa, jamás dudamos ser los autores de semejante ilusión. Si, por el contrario, se asume que somos reflejo y tradición de lo que palpan ambos ojos caemos en el riesgo de perder incluso el lugar que transitoriamente, de equinoccio en equinoccio, pisan nuestros pies. Se pierden las estirpes. Se aprisionan y deportan las voces para escarmiento del éter sin retribución por la valentía de atravesar las compuertas de un retoño ajeno. La muchedumbre se condensa en la visión primogénita, justo en el instante en que sueñan con destronar las pestañas y el vínculo entre luz y juramento. No basta, sin embargo, con astillar al ayer de las especies para sentir que se es creador absoluto de lo que -por obligación- despiden nuestras espaldas. Para que la noche caiga y las cadenas demuelan la presencia, cierto cúmulo de seres deben pisotearnos y demostrar que en algo nos superan. Así nos absorbe, lúcido, el destino, aunque las constelaciones sigan sin moverse y nos saluden firmes...



Uno

Convocados se agitan los durmientes
confinando todo bostezo a la carne,
bebiendo toda carne
ante la manada de relámpagos que acampa en el pulmón.
Se triplican.
Se incineran aquellos sobrinos, abuelos, 
amigos y esclavos del calor nunca seguros de ser los escogidos,
nunca conformes 
con labrar el sueño que les perdona pese al adiós.
Hoy desataré el reino
y siete canciones no volverán a ser las mismas,
tampoco la espada
ni los trozos de soledad que en mí se endurecen.
Nada va a regresarme a las praderas 
donde enjaulaba al desvelo
         que me hacía roer fechas 
y sentir que era simiente perfecta,
corazón apuntalado.
El susurro poco a poco me subasta y acaricio, 
por primera vez,
las murallas.
Al final permanecen los durmientes blandiendo el asedio, 
convidándome a gritar.


Dos

Cuando bramen las rodillas, encajadas en el suelo,
y estos árboles supliquen un nuevo cantar
los peces renunciarán al olvido
aunque la patria los destete
y se excomulguen de mis venas sus aplausos,
para que un día los que luchan
desmoronen palabras como estas,
decisivas,
temporales,
hijas de las puertas desnudas.
Nadie las repetirá
después de que las aguas
críen sus lágrimas y ahorquen las praderas
          a cambio de maldecirte a orillas del mar,
donde se encadena la memoria 
antes de la caza o de la pesca,
condenada a tropezar junto a espejismos, 
añoranzas,
lápidas a las que un día se arrojaron 
labios confundidos.
Jamás se verán partir en algún tren del mundo 
para ofrendar sus ballestas al polvo que te aguanta.
Estás a un segundo de merecer la antorcha.


Tres

¿Quién derrocaría al insomnio
con tal de venerarnos a nosotros, los coronados, 
esparcidos, libertarios,
los eternos culpables 
de acuchillar al miedo y revivir cuanto germina?
¿Somos acaso las rotas penínsulas
que alguien salvaría arriesgando el poniente?
Mestizaje de la lluvia,
catarata,
huérfanos saludos,
pieles,
muerte nupcial,
rostro,
décadas disueltas o rebeldes,
fin,
sangre inconclusa,
estruendo,
letras en bandadas,
lágrima y calor,
adiós,
culto a la sed que nos mata.
¿Por qué aún sobreviven dentro del alma y los párpados del alma?

 


JOSÉ LUIS SERRANO (Gibara, Holguín, 2 de febrero de 1971). En 1995 se graduó de Ingeniero Electroenergético en el Instituto Superior Minero Metalúrgico del municipio Moa. En 1994 escribió a dos manos con Ronel González El mundo tiene la razón, libro que recibió el Premio Nacional Cucalambé en 1995 y fue publicado en 1996 por la Editorial Sanlope. En 1996 recibió el Premio en el Encuentro-debate Nacional de talleres literarios celebrado en Sancti Spíritus. En 1998 con su libro Aneurisma conquistó el premio nacional de décima Fundación de la Ciudad de Santa Clara y resultó Primer Finalista en el segundo certamen internacional de poesía de la revista Carta Lírica (Miami, Estados Unidos). En el 2000 recibió Mención en décima en la primera edición iberoamericana del Premio Cucalambé y en el 2001, con su título Examen de fe. En el 2002 obtuvo nuevamente el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara con su libro La resaca de todo lo sufrido, coescrito con Ronel González.


LA VOLUNTAD DE PODER: PENULTIMO DISCURSO

Para Ariel y Damarys


El 2000 empezó ayer. 
Tras cien años de crepúsculos
artificiales, y músculos 
capaces de sostener 
la antimateria; volver
a preguntarse ¿de dónde,
Señor, venimos?
esconde 
un sofisma cruel. ¿La ciencia
puede brindar, en esencia,
lo que a Dios le corresponde?

II
De fe y milagros exento,
este Siglo, en nada lírico;
nos demostró que lo empírico 
es un frágil argumento.
Fracasó el experimento.
A pesar de un ADN
tan vapuleado, mantiene 
el hombre el gen de la duda.
Pero ya ni Dios lo ayuda
a saber de dónde viene.

III
El Siglo pasó de largo. 
Cortado de su raigambre
despertará Dios con hambre 
del espantoso letargo.
Dios ha muerto por encargo.
Transcurrida una centuria 
sufrimos la misma furia, 
el mismo desasosiego.
Cambian las reglas, no el juego.
La eternidad nos injuria.

IV
¿Quiénes serán perdonados?
Somos mucho más efímeros 
que los inertes polímeros 
torpemente reciclados 
por el hombre. Sentenciados,
advertimos que se comba 
sobre nosotros la tromba
del porvenir. ¿El dolor 
podrá ser el zapador 
que desactive la bomba?




Aferrarnos al escollo
dogmático nos pertrecha 
de una plenitud estrecha. 
Observar el Desarrollo
es contemplar el meollo 
de la perdición. ¿Premura 
conceptual? ¿Es tan oscura
la hoguera que nos abrasa?
¿Hay algo que sobrepasa 
nuestra fe, nuestra amargura?

V
Todos los días regreso
a la humilde madriguera
donde otro siglo me espera
por defecto o por exceso. 
Yo no digo que estoy preso 
porque nadie me acompaña;
ni pienso que es una hazaña
morir de frío en el Polo,
o ser alpinista sólo
para vencer la montaña.

Esa criatura extraña 
que nombramos Universo 
siempre esconde en su reverso 
una luz que nos engaña. 
Nadie sabe cuánto daña 
a los que quieren " saber", 
la voluntad de poder 
enfrentarse con el Todo.
Algo germina en el lodo.
El 2000 empezó ayer.

VI
Clonaciones y etiquetas.
Cosmonautas y autopistas
de la información. Conquistas
del Siglo XX. Recetas 
para llenar las probetas
con un líquido infernal. 
Todo es realidad virtual, 
excepto esta vida parva 
que nos duele y nos escarba
siempre detrás de un cristal.

VII
Ayer comenzó el 2000
y, exceptuando a los astrónomos,
seremos menos autónomos 
que en el tablero un alfil.
Todo estaba en el atril 
escrito. Llegó la hora
de escuchar la bienhechora 
Música. Con la batuta 
en alto, Dios nos amputa 
de nuestra banda sonora.

La película termina.
En la pantalla los créditos.
Entre fragmentos inéditos 
un gángster nos asesina. 
Concluye el filme. Culmina 
una porción del azar.
El Milenio va a empezar.
Alguien inventa la rueda. 
Todo pasa y todo queda;
pero lo nuestro es pasar.

         
02.I.2000

 

 

PEDRO LLANES (Placetas, Villa Clara, 20-Mayo-1962). Es autor de los poemarios Diario del ángel (Casa Editora Abril, Ciudad Habana, 1993. Premio Nacional de la Crítica), Sibilancia (Ed. Unión, C. Habana, 1996) y Sonetos de la estrella rota (Ed. Sed de Belleza, Santa Clara, 2000). También ha incursionado en el ensayo: Icono y ubicuidad (Casa Editora Abril, C. Habana, 2001). Recibió la Orden por la Cultura Nacional en 1999. Actualmente trabaja en la editorial Capiro, en la ciudad de Santa Clara, como encargado de los fondos bibliográficos.


I
Es ya muy tarde. Las sombras chisporrotean
alanceadas por el terciopelo y las temblorosas agujas del agua. 
Ven, no temas amada; vamos conmigo al remanso
que hace el estanque en lo oscuro.
Paseemos juntos. Que sienta tu cuerpo 
y tu prístino efluvio de espectro,
porque las líneas enlacen
tus manos, dos ramas vacías.
Mírame en la extrañeza 
del frío molino arrasado.
Ven no temas, amada, vamos conmigo al remanso
que hace el estanque en lo oscuro.

II
Oscuros guerreros al borde de la planicie
derrumban el lucero chisporroteante
y el naipe nocturno de la floresta.
El espacio de las amapolas gira dentro del grillo
escondido en la hoja recién abierta
mientras la música sobre las tejas y las tataguas
incrustan su responsorio a ras del molino.
Siento a los oscuros guerreros,
deslizarse por las paredes del pozo
hasta una dimensión embebida
en la concavidad y la espuela en el liquen.
Oscuros guerreros al borde de la planicie
me buscan entre el susurro del agua
y los escarabajos que vienen a remansar.
La noche recompone en las sombras
sus guanteletes y sus rostros que escrutan
el cintillo húmedo de las pilastras.
He visto a los oscuros guerreros
llevarme a través de las hilazas
de sus múltiples manos decapitadas,
para marcharse bruscamente por el agujero
y el batir de alas de la floresta.

III
La hoguera es la bestia 
turbia cuyas garras
se clavan en las cosas
para desmenuzarlas,
para hacerlas su ser.
Todo lo desgarra
a su paso la hoguera.
Desgarra el páramo
pletórico de escarcha,
el cortex, los ilios
de los troncos.
El prado la vigila
con sus guardas de agua.
Incendiaria anda
debajo de la noche
olorosa a láudano.
Se transfigura
como si quisiera
irse hasta el cielo
-un charco de cinabrio-
Es la bestia turbia.
Los entes van a ella,
fríos fiduciarios
y así son devueltos
por la hoguera a la nada.

IV 
El espejo bebe
el agua de mi rostro.
En él no existo.
Soy su alter, la imagen
discontinua, invertida
de un polo a otro polo.
No cesa de beber
los ganglios, la linfa
oscura de mi cuerpo.
Existe para mí.
Soy su carrocero.
Límbico me suplanta,
como si fuera su yo.
Si ordena que ande,
ando a través de él.
Reverencio al espejo,
ese rey de lo nulo.


Nada sino el hilo
difícil de la araña,
vuelta a la oquedad
ístmica del desván,
ora equilibrista,
ora maestresala
donde plañe lo oscuro.
Una hebra es a otra
tabla, zaquizamí,
sin que sea la araña
quien desdobla nocturna
tensando la espiral
-tiara, pífano, luz-
y una y otra vez,
devenga para brujas,
ya jánica, dos caras,
hilandera luctuosa.

VI
El pájaro revolotea,
va y viene hasta el cielo,
destrozando el giro de la noche
y luego prueba a devorarme,
abrazado angustiosamente al abismo.
Lo he visto picotear con desaliento
enhiesto y resplandeciente mis manos y mis sienes,
como un nuncio de la inanición.
El pájaro se balancea
traído en la tempestad.
Siento su hoguera muy cercana
sostenida por sus garras
y uno a uno sus picotazos
que viajan siguiendo la muerte.
He despertado mientras se iba
aun ahíto de mi cuerpo
y no hice nada por detenerlo
ni detener su incesante revoloteo,
porque el pájaro dejaba de existir.

 

 


ILEANA ÁLVAREZ GONZÁLEZ (Ciego de Ávila, 10-Agosto-1967). Graduada de Filología (Univ. Central de Las Villas, 1989). Máster en Cultura Latinoamericana (Univ. de Camagüey y Centro Nicolás Guillén, 1999). Libros: El agua tampoco resiste los grilletes (Ed. Fidelia, Ciego de Ávila, 1990), Libro de lo inasible (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara. Ed. Capiro, Santa Clara, 1996), Oscura Cicatriz (Premio Emilio Ballagas. Ed. Ácana, Camagüey, 1999), Los ojos de Dios me están soñando (Col. Pinos Nuevos, Ed. Letras Cubanas, C. Habana, 2001). Ha ganado un gran número de premios nacionales. Recibió en 1999 el Premio al Joven Talento del Frente de Afirmación Hispanista, de México. Trabajó por mucho tiempo como investigadora de temas socioculturales, hoy en día es editora de Ediciones Ávila.


CIUDAD IMPOSIBLE

Un copo de nieve oscura está cayendo sobre mi corazón, la costra de una memoria que no me pertenece. El arrebol de la tarde gotea sobre el corazón estrujado y lo despierta. Cruzo las piernas sobre un diván invisible, sobre la roca de mi desasosiego y tengo el presentimiento que esta tarde no es la tarde real, sino el tiempo que confluye sobre el cuenco de mi mano húmeda. Pudiera ser este instante mi muerte. Cierro los ojos, los aprieto hasta sangrar, hasta contemplar la ciudad imposible: las calles, los campanarios, la vetusta penumbra de mis sueños.
Un hombre se me acerca. Soy una adolescente con su sayita corta, los ojos saltones y demasiados huesos que ocultar. El hombre que es mi padre, lleva un sombrero de paño, traje de dril blanco y zapatos de dos tonos. Lleva una herida gigante en el cuello. Me pide que le detenga la sangre que comienza a rodar enturbiando la nieve de su traje, pero no alcanzan mis manos, los huesos que se empinan inútilmente. Yo me aprieto en un sollozo contra él y él se aprieta a mí como el guijarro al muro. Soy ahora su padre, gota a gota le doy de mi sudor. Me dice perdona hija, te pido demasiado y baja la cabeza: ya es un sauce bajo el cierzo, una oveja perdida que de pronto en el silencio del crepúsculo se percata de que nunca se ha perdido, que el regreso no existe, no hay camino hacia atrás. La imagen última se va armando ante nuestros ojos y nos conmovemos.
Los dos muy juntos en aquella tarde irreal, ya sin sangre, nos sentamos bajo la sombra que tiende el campanario de la ciudad imposible y es bueno quedarse dormidos mientras tarareamos la canción del Benny, "oh, vida no te alejes"...




EL RESPLANDOR EN EL TÚNEL

Para Ivette, que acarició la densidad
de las piedras sagradas.

 

Al final de los arduos corredores del aliento,
transido de transparencias, florece un árbol distinto.
Su sombra inusitada puedo sentirla ya 
en las imágenes que vislumbro mientras se apresura 
el suspiro de la isla por tu rostro.

Bajo la volátil niebla de abril me adentro por las ranuras irregulares de este muro. Una hilera infinita de hormigas sostiene el tiempo de estas piedras carcomidas por el musgo y el sol de la llanura. En este amanecer todo es silencio y resistencia. El viento ha huido como un niño que sonríe ante su propia travesura. Sólo yo y esta hiedra que borda con filigranas de oro la piel de mi desasosiego, vemos crecer la inmensidad. 
               ¡Cuánto clamor, insectos, endeblez de rama y lluvia, cuánta mano cansada y agrietado labio inundó de huellas los senderos de estas piedras, ahogadas por el verde lujurioso de la estación! ¡Cómo se salva este viejo muro del olvido y la soledad con esa constancia de soportarlo, aliviarlo todo! ¡Qué conmoción transpira al abrazarse sempiterno, en noble cúpula, a la hiedra que le nace y le besa, tal una amante fiel, las heridas del tiempo!
                Piedras hechas para el dolor y la blancura, hechas para acoger con su humedad mitad crepúsculo el semblante huraño del peregrino, la desazón del pusilánime, la suerte de las samaritanas ardorosas y escuálidas, lúcidas y marginadas. Mujeres que buscamos desde las faldas fervorosas de soñadas colinas, el tierno semblante que nos brinde, en ánfora de barro, el agua viva.


Y LA LUZ ENCUENTRA LA LUZ

Remonta el cielo caído a la espesura de los astros.
Nada hay que temer. Todo es reencarnación.
La rama en flor quebrada yace en ti
como mi sangre y mi grito por tus venas.


Ella y él, eran almas gemelas. El uno había nacido para el otro. Ella era hermosa y triste, sus cabellos negros y rizados encontraban un raro equilibrio con sus ojos intensamente azules y los copos de su piel huidiza, asentada. El había sido alegre, feliz. Recordaba a un padre cándido que lo llevaba en hombros por toda la ciudad. Corrían descalzos como dos hermanitos bajo la lluvia y cruzaban charcos y cercas enormes. Nunca sintió miedo, y volaba con su papá hermano, con su papá amigo, con su papá que ya no vería. Ahora, también, la tristeza anidaba en su barba recién rasurada, entre sus libros, entre las manos que gritaban por aquellas otras callosas y seguras. Era pequeño y endeble, pero detrás de unos gruesos espejuelos se descubría un alma como un árbol, robusta y húmeda, queriendo dar de su sombra, de sus frutos a todos. Los dos vivían en la misma ciudad, en el mismo barrio, en el mismo edificio, las puertas de sus hogares casi estaban hechas con idénticas tablas. Pero cuando uno regresaba, el otro partía, cuando uno miraba las estrellas, el otro observaba las figuras que el polvo formaba en las aceras. 
          El escribía bellos versos que nadie comprendía. Ella apretaba sobre su corazón toda la miel del mundo y nadie la bebía. Los padres de ella aullaban sin cesar, leían viejos periódicos, hablaban de alejarla al extranjero, o miraban impasibles como se agigantaban las manchas de agua en las paredes sin pintura: ella se drogaba o se masturbaba oyendo a Morrison mientras todo se aventuraba sin remedio. La madre de él acariciaba al nuevo amante con una ternura insospechable, la madre repartía a manos llena su ternura a un extraño y él se moría por apenas una pizca de ese mismo calor. Ambos querían salvarse, se buscaban como dos posesos, ambos se soñaban noche y día. Escribían sus nombres en los muros más rugosos y dejaban un espacio para el otro, pero siempre la lluvia, el polvo o algún extraño, torcía las sílabas, las invertía o las borraba. Entre ellos palpitaba una estrella, tan solo ya la gota de agua de una estrella, el agua que cabría en una estrella.
          Los dos se apresuraban por la común esquina, acariciaban las verjas oxidadas, las enredaderas verdecidas. Al rozar la huella aún tibia del imposible los vestía un cálido temblor. Los dos escaseaban de los mismos amigos, lo insondable de la noche se miraba en sus ojos. Se alimentaban de una música que nacía en los inciertos umbrales, en las escaleras encorvadas del alma. Ambos querían salvarse. Como la espuma y la roca, se presentían. Habían olido el perfume del otro impregnando los espacios por donde velozmente corría el alma, desorientada. Eran tan jóvenes, casi niños. En un último intento por encontrarse, los dos se deslizaron bajo las piedras. El salto en el vacío fue el encuentro. Ya en el postrer impulso lograron asirse las manos, sentir bien cerca el perfume tan soñado, besar los labios. 
          En un instante quisieron volver atrás, empezar de nuevo, e intuyeron que la vida aun con sus aguas abisales, con sus monstruos cegados por el hambre, con las vigas tiradas al fondo de los ojos, podría ser realmente hermosa. Pero no habría regreso. Una vez más, Dios fue misericordioso. Mientras caían sobre el negro, recalentado asfalto y el crujir del sufrimiento entrelazaba la carne y los cabellos; mientras se confundía hasta hacerse una la sangre y la saliva, el sol y la mirada, ambos sintieron, transidos por una nueva luz, que se estaban salvando.

 

 


CARLOS ESQUIVEL GUERRA (Elia, Las Tunas, 7-Agosto-1968). Es autor del poemario Perros ladrándole a Dios (Ed. San Lope, Las Tunas, 1999), que recibió el premio Silvestre de Balboa a la mejor ópera prima publicada ese año en Cuba. Otros títulos: Fuera del círculo (Poesía. Ed. Sanlope, Las Tunas, 2000), Los animales del cuerpo (Cuentos. Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 2001), Tren de Oriente (Poesía. Ed. La Tinta del Alcatraz, México, 2001), Los epigramas malditos (Poesía. Ed. Sanlope, Las Tunas, 2001) y Balada de los perros oscuros (Poesía. Ed. Reina del Mar, Cienfuegos, 2001). Trabaja como Asesor Literario en la Casa de la Cultura de su municipio natal. 


ESCALA INTERIOR


No puedo con la apariencia del que cambia 
de lugar y corre columnas 
por el lago Valencia. Di tú que conoces el cerebro y me estías el Vaamal de las noches con órganos y clarinetes, di tú que
colocas los acuses en la basura de comidas, jaulas de nunca mandes el hocico sobre la peineta de Cecilia. Un aire es 
español y me corta la rampla, no desayuna los 
huevos con doctorados ingrávidos que no se avienen a los juicios pero fichan con fresnos la cabellera 
de los vendedores de épodas. La regla dice mamá no busques la nívola de papá, no me hagan con cartón y 
humanidades
que yo perezco secundario en los depósitos de clasicismos que ortografían en los coches de trenes a Cienfuegos, 
no salpiquen con el ático 
los enseres,
lenguas religiosas que refríen la paradoja: Corsi significa la siquitrilla del animal esquinero, la calle del pelapapas continuo que tiene 
corte alemán y me sirve cada vez menos. Yo soy la yerba y me acumulo en las ojivas, en los pantomimos 
del hombre de España que no quiere un jardín sino la yerba que, una muerte es la vitamina y me 
gasta burlar un Pérgamo. Tú eres la no me han de convencerme, con destino y se estudia con la niña en extremaunción. 
Sentimos el Dom- farcai fidbaidae fal, pero me disfraza un cuerpo, un menester. 



PROBABLE INSULAR


Ángel de los muertos, si aún vives, ordena esta fiebre nacional, que tengo
hambre de quien desoye el 
sabor y no encaja en las batallas públicas para que muera la acidez personal, el árido de la espalda, 
quien se levanta contra las cabezas plásticas y respira un bergantín de Bilbao. Ángel de los muertos, si aún vives, rodea esta curva que me han arrastrado a ignorar y tengo precio
en la tierra estéril, en la mujer que vende frutas en New York y comete ruidos con la cintura. Tal vez, los hombres se acomodan en unos virus sobre el nivel del tórax, y rotan sus pescados con tabacos para rendirse. Tal vez no exista un cuartel de oscuridad y un pájaro que le da lujo vivir y se extiende 
con chorros por los mares de España. Ahora nos damos a un alambre y convertimos, estamos en peligro y no sabemos si morir en religiones, si apretar el cuerpo a un caos que sabía Aristóteles con engendrar pase de lista, pase de bandera. Ángel de los muertos, si aún vives, 
si aún sorbes y prefieres morir,
si no acudes a los guerreros con descendimientos o caminas hacia el molino de arroz que 
predice y necesita, declara al dolor de la madre y a la navaja.
Ángel de los muertos, si aún la patria se cruza en tu desembocadura.


LA FOCA SILVIA


Soy un animal un poco
más encogido que los otros. No sé arrastrarme ante los turistas que desfilan frente
a este hielo hundiéndose, probablemente escapen las almejas que me mantienen viva y hoy no sea una función especial sino un animal solitario y gordo que arrulla
contra el vientre y vuelve a dormirse. Los turistas no aplauden eso y quieren que salte y vaya al mar. Soy un animal un poco más encogido que los otros. Si salto es posible me atrapen y vayan a colgarme sin peces pequeños o almejas
a un rincón soleado de este lugar. Yo no conozco el mar, yo vivo y engordo en este hielo, mis vértebras no conocen los embalses
ni las tormentas de nieve, o los hombres que aguardan en las cuevas con un arpón homicida. Pero los turistas aplauden para que yo escape, para que yo salte el muro y entre al mar, para que busque otro país
y mire y reconozca este hielo con odio.


ISLAS, CUERPOS


A veces llegan cartas de Miami, hijos bárbaros. Preguntan si no sabremos las confirmaciones o si hay naranjas por encima de los fatrasic. Responde La Habana,
se apacentan las épocas y es posible que llueva para siempre. Cartas, lentos suburbios
que yacen en paz y escriben a los camaradas de 
heráclitos acumulados. Hijos que nos mandan arquílocos de otoño y algunas flores, hijos bárbaros que escriben cartas con antorchas de ayudar a empalarnos, con voces que enternecen. Calles que me arrastran y siento 
miedo, me desdibujo a trazos
y huelo pegatinas infantiles, trucos de la patria y germinaciones. A veces llegan cartas de Miami, contienen arlequines plásticos, fragmentos de mar, hombres viscosos que andan sin traslación el agua nueva y permanecen en fragilidad, acodados por los kabukis
y las burbujas de la seda blanca. Las leemos junto a los otros hijos, y corroen, nos hacen dormir como niños dormidos y nunca despertamos. A veces escribimos cartas a Miami, nos dejan el corazón duro, ondean adentro y regresamos los equipajes. 


ENTRANDO A LA HOGUERA


Vivo con Quevedo en las trincheras de Port Spirit / estoy rubio y me purgo sin lujuria / no soy peor o último que los gitanos del Louvre
pero me asomo al arenque del Sex- Shop con una cuchara. Me beben en alcohol para que exteriorice, 
compunge dar vueltas sobre la atmósfera y decir el vuelo en círculos, la estética en círculos. No tengo un centavo 
para crear el equilibrio, las venas de Oriente chupan al Nietzsche ictericio. Lo malo es que no llevo bandera, no extermino, no me da democracia servir como una puta el billete nuevo, 
conocerme.
Sólo viviendo con Quevedo supe que nadie me escuchaba, 
nadie atrevió a tener frío, a encontrar la decadencia de un cuerpo
peor que el de los pescadores de Port Spirit.


 


OTILIO CARVAJAL MARRERO (Chambas, Ciego de Ávila, 13-Agosto-1968). De sus libros más significativos: Thanksgivin day (Poesía. Premio América Bobia. Ed. Vigía, Matanzas, 1999), Libro del profanador (Poesía. Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara. Ed. Capiro, Santa Clara, 1999), Libro del Holandés (Noveleta para jóvenes. Premio Eliseo Diego. Ed. Ávila, 2000), Oda al pan (Poesía. Premio Raúl Doblado. Ed. Ávila, 2001) y Prohibido soñar en esta casa (Ed. Ávila, C. de Ávila, 2002). En 1996 ganó el concurso nacional de teatro Regino E. Boti con Pájaros de noche (Ed. Ávila, C. de Ávila, 2003). Actualmente es Metodólogo de Literatura del Centro Provincial de Casas de Cultura, en la provincia Ciego de Ávila.



LA PERMANENCIA DEL VIGÍA


Con un diamante he tatuado la hora en la espalda de la sombra.
Vino nocturno.
Ala acerada donde otra ala no recorre los últimos instantes de la gloria.
Quién es el que pasa y no deja más que un hilo de humo entre nosotros.
Quién es el que juega y no me reconoce,
y no se reconoce en el agua
cuando su rostro es una evidencia alucinante, un reflejo,
el tren que ha dejado sin tiempo a sus sonidos.
Alguien va bebiendo con paciencia en las ensoñaciones.
Alguien que no se oculta del portazo,
que no se asombra.
que deja el as sobre la mesa y brinda un beso al enemigo.
La fruta que hemos anunciado tiene escarcha en la cara;
su rostro es una escarcha y una ciudad.
No tiene rostro.
Mata a quien piensa arrebatarle los peldaños de la gloria.
Mata a quien rompe el brillo pelado de sus ojos.
La muerte es un soldado,
un trozo de papiro hundido entre las piedras.
La muerte es una edad, un fulgor, una andanada,
la peste que deja entumecidos los perfumes.
Pero aquí estamos celebrando los augurios, no la pesantez,
ni el pie marmóreo golpeando la cabeza de la isla.

Aquí, al lado, como si pesara la memoria, hay un descanso
para sujetarle los pies a la mujer que ha dispuesto la cama,
y ha bebido del mar, y ha bebido del tiempo,
y ha tatuado en todas las paredes mentiras adorables.

Quien va conmigo, canta solo. Quien no se tiene es la arena.
Lo otro es veleidad, imágenes de mí que el tiempo azuza.



LA NEGACIÓN DEL QUE NIEGA


El tiempo se divide en las mitades
que un espejo deforma cuando miente
su imagen sobre el dedo que la siente
en el tacto de inútiles verdades.
No hay cortejo sino por las edades
que funda el circo de las buenas leyes
bajo el cansancio eterno de los bueyes
que enrumban sus ardores a la cima
donde el que llega es plaga de la rima
y no bebe en la copa de los reyes.

Y se muere de muerte tan compleja
que todo lo demás queda a la zaga
donde no hay verso libre que rehaga
la tersura inefable de la reja.
Lo demás, tino y golpe y moraleja,
quedar hundido en todo lo habitable
creyéndose el supremo, el deseable
nuevo cristo que asume los ascensos
en un mundo plagado por descensos
hacia el fondo impreciso de la queja.

Es mentira que en dando el verso un grito
famélicas las bocas recuperan
ese aliento nocturno si no fueran
escanciadas las aguas del delito.
¿Es urgente la burla? Necesito
de mi lumbre, paloma desgastada
que no encuentro en la voz. No encuentro nada
mientras el mar se pone de rodillas,
hace un hueco brutal en las mejillas
noctámbulas del ser y su palmada.

Pero vaga, no obstante, la querella,
adormilando un poco mis delirios
para ocultarse luego entre los cirios
del verso que se asusta con la bella
adultez del crepúsculo. Por ella,
templado el tiempo hace los racimos
de gaviotas tendidas que pusimos
sobre el banco infinito de la vela
para ver lo más claro, cuánto vuela
el trazado que nunca confundimos.

Dicen que soy un barco que lo impulsa
esa mujer que es viaje y luego sabia,
es luna en ristre cuando no la rabia
entre sus labios la corona pulsa.
Es reina, sí, una reina tan convulsa,
y tan atribulada luz benigna.
plata en el tiempo es oro que la signa,
plata virtuosa cuando el mar callando
se acoda en otro reino y va volando
hacia mi río que es del agua digna.

Nadie miente al decir, son las dos manos
que juntas bregan, vuelven. ¿Se distingue?
Renuncian al escorzo que ya extingue
cuellos y pechos. Piensan mal, insanos,
esos tristes fracasos, los humanos
que pretenden ser dios y ser el día,
la pupila que aprehende en el vigía
en ese estrecho margen de los sueños,
donde nadie es el rey y nadie dueño
de la palabra, el pez y la ordalía.



THANKS GIVING DAY

  

No podría decirles nunca: esto fue un sueño, y esto fue mi vida. Pero en un principio no fue así. En un principio la mesa estuvo realmente puesta, y mi padre cruzó las manos sobre el mantel realmente, y el agua santificó mi garganta. 

ELISEO DIEGO


En familia la mesa es solo una excusa para tapar las manchas,
dibujarnos los pájaros cantores en la boca, y del pecho
ofrecer las frutas dolorosas que nos quedan; el hijo,
los buenos paños, la comida nocturna, el paso del fantasma
que siempre se adueña del espejo.
Estos hijos son los convidados que el padre nos deleita,
la piedra y los árboles y un pozo cargado que asemeja
el eco de navíos al gotear constante de los techos.
En esas calles que el padre ha conquistado, nos aguardan.
Por esas noches bajamos a la cercanía todos los hijos,
pidiendo espuelas de plata, abrazos del mar que divertían.
Por esos cantos de familia descendió el navío a las profundidades,
y fueron ahogados los más débiles.
Vamos a salvarlos del naufragio.
Llevemos un pocillo de paz,
una casa repleta de accidentes,
el olor recién nacido en los rescoldos de la cena.

Doy una palmada para hablar de los que habitan
en esta isla sin fondo.
Doy un golpe en la página aureal que nos persigue y rezo:
Padre de la casa,
Ojo de los tiempos,
Muro funámbulo
palpado en la intimidad del asombro.

Estos hijos son el pretexto para poner la mesa,
el postre aplazado, yendo de mano en mano
con la autenticidad y el relieve de las primeras horas.

Nos consuele quien sabe imitar los gestos del padre.
Nos alegra quien dio la palmada sobre la mesa y hubo que atenderlo.
Nos deprimen los miradores del derrumbe,
de la caída de los platos en la pista sin fin de la memoria.
Porque hay algo que encontrar detrás de cada puerta,
la casa cuajada como un sitio de verdades,
un búcaro de plumas que el hijo ha puesto para que se ventile la mesa.
Por eso el padre levanta de una vez la copa, y brinda por la madre
nuestro imán limpio en su rincón de silencios; cámara de agua,
pan ofrendado, la madre, presurosa,
tan pájaro blando en su pañuelo roto.

Cena de familia, pedazo de cuarzo que enceguece,
fruta enorme, sitio por donde van a regresar todos los hijos.
Cena de familia, guardada en un puño la estrella del origen.

Cena de familia,
pedrada en el grande gesto de la madre,
picando el pan,
haciendo los paños,
toda suerte de milagros.

Vamos a hacer ahora los mayores sacrificios, pedir,
pedirle al tiempo haga la familia, un fino cristal redondo
en el que mirarnos este mar de cicatrices,
las mudas ondas que dibujan los pájaros en la realeza de la noche.

Somos mi padre y yo las caras inasibles de los hijos,
fuente de nieve,
cazadores atrapados por la inmensidad.

Pedir, pedirle al tiempo haga la familia,
en familia el cántico aureal que no se deja, que no se escucha,
el canto de los hijos al volver del aguacero
donde no tenemos sino estas palabras,
los pies hundidos en la niebla.

Yo quise ser la niebla y fui el humus que trucida
todos los hallazgos de una casa.
Y quien camina quise ser
pero varado quedó mi corazón,
y rotundo como un mal surco fue mi pie,
semejante a la cara diurna que se acerca
a contemplar sus límites
en el habitable temblor de las aguas.

Yo quise ser el día, la copa que se bebe dando un golpe soberano,
el otro padre,
la imagen verdadera que nos lega la paciencia
pero el oscuro es una culpa tremendísima,
un paño del que no podemos salir y nos fulmina.

 

 


RENÉ COYRA (Banes, Holguín, 11-Marzo-1970). Lic. en Psicología (Univ. Central de Las Villas, 1993). Autor de los poemarios Nocturno de la sed (Premio Sed de Belleza. Ed. Sed de Belleza, Santa Clara, 1995), Las vidas miserables (Premio "Ser fiel". Ed. Capiro, Santa Clara, 2000) y El oráculo de Delfos (Ed. Letras Cubanas, Col. Pinos Nuevos, C. Habana, 2001). Realizó selección y prólogo de la antología Los Parques, "Jóvenes poetas cubanos" (Ed. Mecenas / Ed. Reina del Mar, Cienfuegos, 2002). Por su trabajo como editor ha obtenido múltiples premios nacionales. Residió muchos años en Santa Clara, donde fundó la editorial Sed de Belleza en 1994. Actualmente es el editor principal de Ediciones Mecenas, en Cienfuegos. 



habitación alquilada:


me canso de vivir bajo trastos tan viejos.
el mes acaba y debo pagar el entrante. la dueña vigila
como el testaferro las paredes lechosas y agrias. 
la ventana no funciona gotea la pluma siempre
el fisgón me ha visto fornicar desde el maltrecho pomo de la puerta.
somos estas miserias y otras menos humanas.
palma de mi mano que no puede leerse ni herirme.
luz matinal que no te despierta, sonido de la mañana
que no es sonido es sub-sonido, sordina. En la ciudadela
los vecinos pronuncian palabras sencillas que perturban el sueño,
distancias, atributos que se utilizan para vivir y cuestan tanto dinero
que nos conducen a la miseria, discrepancias entre esta y aquella persona.

fuegos de artificio contra el fondo del cielo anuncian el carnaval.
hombres que marchan hacia el trabajo y disimulan no creer en nada
y buscan lo mismo que yo, sin creerse poetas ni hombres cívicos
y el trabajo no les satisface y el verano y del cielo el mismo color:
oscura perdiz que cruza la tarde y estaba en un poema de Heredia 
y en éste el instinto por la soledad. 
hojas secas donde la lluvia medra. libros viejos amontonados 
cerca de la colchoneta donde duermo, en el suelo
frío o ardiente en dependencia de la estación del año, 
ojos míos que no saben ya mirar. vigilia
dinero / navajas / pedazos / rotos de papel que son el poema, 
el principio y el fin del poema, el suceso eterno del poema.
esquirlas de madera dejándonos ver toda la miseria.
tendida mi alma en el cordel junto a la ropa mal lavada,
vaho de mi alma.

no hagamos ruidos con nuestra inclemencia. 
la noche en la mohosa luna
la sangre de sus gatos bebiendo de mis entrañas
no dejan disfrutar los fuegos de artificio.



tardes en Mallorca...

(noticias de ciertas evasiones)


lo que la noche juntó no puede separarlo el hado,
brisa de los pinos, cuerpos en vano sorteando el arrecife.

María Villar es el poeta que mejor ha tratado entre nosotros el tema: el mar.
a pesar del olvido de los entendidos en la poesía.
...pasó años rehusando, sabiendo que estaba allí
tras ella. convencida que la iba a alcanzar hasta ahogarla,
distendida, similitud con el personaje del teatro:
me moriré en el mar, sabes de qué voy a morir, 
de comerme un racimo de uvas sin lavar
allá en el mar
. los locos tienen algo que los semeja:
mirar hasta el infinito. dejación de lo que está cerca
belleza de ser decadentes y dejarse guiar por el más allá
envidia de las cosas pasajeras.

ella viene por las tardes
tras el camino que sube la colina desde la playa
donde el diente de perro parece una gran cerca de piedras
y pocos se aventuran a escapar por este sitio.

la he visto en el miserable verano
como un mirlo huyendo de la guerra 
en la alta rama del almendro, 
de flores que nunca son paridas
ni brotan con naturalidad. he visto en sus ojos 
cosas que el poema no puede explicar.
escapan al deseo del que observa y son pérdida / estilete /
hierro de las barcazas. trozos de soga / abundante alimento /
desidia del mar / oro / tempestades / nostalgia / azogue /
viento de cuaresma.
porqué nos perpetuamos en nombrar 
el acto de escapar por el lindero, con los pies
del cervatillo. donde las aguas que parecen
mansas pero nos detienen siempre.

cuál será la mejor hora para aventurarse
sin temor de ser visto. escondiendo el jalón y el yelmo,
usando la fuerza o la destreza del ojo que procura cada detalle.
con la velocidad del gamo
o la fría reminiscencia de la tarántula
la implacable vestidura del alfil.
perseguidos por el torrente.

al marcharse ha estrechado su mano como a un amigo común
y parecían diablos amaestrados por la luz.
puedes no entender pero imposible será toda huida.

lo que la noche juntó no puede separarlo ni el hado.



pensamiento primitivo


el paisaje no nos tienta ya
somos presuntos sospechosos
nos semeja el lenguaje del buey
la hendidura en la mano callosa.
era hermoso el guardián y solía contemplarse
usando el guijarro como espejo
su oficio es acosarnos con su vara.
vivimos para vengarnos de él, 
de su frío gesto de cancerbero. 

las madres y las mujeres de los presos
formaban largas filas para visitar al ser amado.
he imaginado sus miradas, sentido su respiración.
¿el lado humano de las cosas de qué lado se mira?
¿pueden los ojos del buey mirar sin dolor, 
sin sangre en la hendidura blanca? 
beso del animal de sentido enjuto
dejando su huella sobre la tierra marcescible

las madres y las esposas de los presos hacen largas filas
preocupadas por no perder el alimento...
el paisaje sólo existe para ser contemplado
por nuestros benjamines ojos
de poeta envilecido por la soledad.

fila de mujeres que semeja una de las serpientes
pintadas por Rembrandt, poeta del barroco holandés.
el dolor de las madres es el único verdadero.
no descansa nunca el buey
ni dios escuchará su queja.

 

© 2003 - Francis Sánchez

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