Fama Fraternitatis
o hermandad de la muy
encomiable
Orden de la Rosa+Cruz
Tau - 2001
Fama
Fraternitatis
Viendo que el único, sabio y misericordioso Dios en
estos últimos días ha derramado tan ricamente su misericordia y bondad
sobre la humanidad, mediante lo cual logramos más y más el conocimiento
perfecto de su Hijo Jesucristo y de la Naturaleza, y que con razón
podemos ufanarnos del tiempo dichoso cuando no sólo se nos descubre la
mitad del mundo, hasta ahora oculta y desconocida, sino que se nos hacen
manifiestas muchas obras y criaturas de la Naturaleza, maravillosas y
nunca vistas hasta ahora y que, además, ha elevado a hombres imbuidos de
gran sabiduría que pudieron renovar y resumir parcialmente todas las
artes (en esta edad imperfecta y manchada) a la perfección, para que el
hombre pudiera entender su propia nobleza y valor y porque es llamado
MICROCOSMUS y hasta donde se extiende su conocimiento en la Naturaleza...
Capítulo I
A los
regentes, a las órdenes y a los hombres de ciencia de Europa.
Nosotros, hermanos de
la fraternidad de la Rosa-Cruz, dispensamos nuestras oraciones, otorgamos
nuestro amor y saludamos cortésmente a todos los que lean nuestra Fama
con una intención cristiana.
Durante estos últimos
tiempos, por la sabiduría de sus designios y en su gracia singular, Dios
ha derramado la bondad de sus dones sobre el género humano con tanta
prodigalidad que el conocimiento de la naturaleza, así como el de su
Hijo, no ha cesado de aumentar, por lo que podemos enorgullecemos de los
tiempos felices que vivimos.
No sólo ha sido
descubierta la mitad del mundo desconocido y oculto, sino que el Señor
también nos ha procurado
innumerables obras y criaturas naturales extrañas y desconocidas hasta
ahora. Ha favorecido el nacimiento de espíritus de gran sabiduría cuya
misión fue la de restablecer la dignidad del arte parcialmente manchado e
imperfecto, para que el hombre acabe comprendiendo la nobleza y
magnificencia que le son propias, su carácter de microcosmos, y la
profundidad con que este arte suyo puede penetrar la naturaleza.
Pero todo ello es
considerado por la frivolidad del mundo como de escasa utilidad. Las
calumnias y las burlas no cesan de crecer. Los hombres de ciencia se
encuentran imbuidos de una arrogancia y un orgullo tales que se niegan a
reunirse para hacer un cómputo de las innumerables revelaciones con las
que Dios ha gratificado los tiempos que vivimos mediante el libro de la
naturaleza o la regla de todas las artes. Cada grupo combate a los otros
antiguos dogmas, y, en vez de la luz clara y manifiesta, prefiere al Papa,
a Aristóteles, a Galeno y a todo lo que se parece a una colección de
leyes e instrucciones cuando, sin ninguna duda, estos mismos autores
tendrían sumo gusto en revisar sus conocimientos si vivieran. Sin
embargo, nadie está a la altura de tan elevadas palabras y el antiguo
enemigo, pese a la fuerte oposición de la verdad en teología, en física
y en matemáticas, manifiesta abundantemente su astucia y su rabia
entorpeciendo una evolución tan hermosa mediante el espíritu de
fanáticos y vagabundos. Nuestro difunto padre, Fr. C. R., espíritu
religioso, elevado, altamente iluminado, alemán, jefe y fundador de
nuestra fraternidad, consagró esfuerzos intensos y prolongados al
proyecto de reforma universal. La miseria obligó a sus padres, aún
siendo nobles, a ponerlo en el convento a la edad de cuatro años. Allí
adquirió un conocimiento conveniente de dos lenguas: latín y griego.
También vio colmadas sus incesantes súplicas y plegarias en la flor de
su juventud: fue confiado a un hermano, P. a. l. que había hecho el voto
de ir en peregrinación al Santo Sepulcro. Aunque este hermano no viese
Jerusalén pues murió en Chipre, nuestro Fr. C. R. no retrocedió: por el
contrario se embarcó para Damcar con la intención de visitar Jerusalén
partiendo de esta ciudad.
Durante el tiempo en
que se vio obligado a prolongar su estancia en Chipre obligado por el
cansancio, ganó el favor de los turcos gracias a su experiencia no
despreciable del arte de curar. Por azar oyó hablar de los sabios de
Damcar en Arabia, de las maravillas que eran capaces de realizar y de las
revelaciones que les habían sido hechas sobre la naturaleza entera.
Este rumor encendió
el noble y elevado espíritu de Fr. C. R., que pensó entonces menos en
Jerusalén que en Damcar. No pudiendo contener sus deseos se puso al
servicio de señores árabes quienes, mediante una cierta cantidad,
deberían conducirlo a Damcar. Cuando llegó sólo tenia 16 años aunque
era un mozo fornido, de raza alemana. Si creemos su propio testimonio, los
sabios no lo acogieron como a un extranjero sino como a alguien cuya
llegada esperaban desde hacia mucho tiempo. Le llamaron por su nombre y
ante su sorpresa, constantemente renovada, le mostraron que conocían
numerosos secretos del convento donde había estado. En contacto con ellos
se perfeccionó en lengua árabe hasta el punto que pudo traducir en buen
latín al cabo de un año el libro M, que posteriormente conservó. Allí
adquirió sus conocimientos de física y de matemáticas por los que seria
justo que el mundo se felicitase si hubiera mas amor y la envidia fuera
menos grande. Tras una estancia de tres años tomó el camino de vuelta y,
provisto de buenos salvoconductos, franqueó el golfo arábigo, se detuvo
en Egipto el tiempo justo para perfeccionar sus observaciones de la flora
y de las criaturas, a continuación atravesó el Mediterráneo en todos
los sentidos y, finalmente, llegó a donde le habían indicado los
árabes: a Fez. ¿No debemos sentir vergüenza ante estos sabios que viven
tan lejos de nosotros? Desprecian los escritos difamatorios y su armonía
es perfecta; más aún: revelan y confían sus secretos graciosamente y
con buena voluntad.
Los árabes y los
africanos se reúnen cada año para examinar las diferentes artes, para
saber si se han hecho descubrimientos mejores y para averiguar si las
hipótesis han sido depreciadas por la experiencia. Los frutos que cada
año producen estas discusiones sirven al progreso de las matemáticas, de
la física y de la magia, que son las especialidades de la gente de Fez.
Hoy no faltan en
Alemania los hombres de ciencia: magos, cabalistas, médicos y filósofos.
¡Dios quiera que deseen actuar por amor al prójimo y que la gran
mayoría no desee acapararlo todo para sí! En Fez tomó contacto con los
que suelen llamarse los habitantes elementales, quienes le confiaron
numerosos secretos. Si entre nosotros los alemanes reinase un
entendimiento parecido y si nuestras averiguaciones se caracterizaran por
la mayor seriedad posible, podríamos igualmente poner en común una parte
de nuestro saber. Sospechó a menudo que la magia de los habitantes de Fez
no era enteramente pura y que su religión también había mancillado la
cábala. Sin embargo supo sacar de ello un gran provecho, que afirmó aún
más su fe en la presencia concordante de la armonía en el universo,
armonía que marca con su sello maravilloso periodis seculorum. Llegó a
la hermosa síntesis siguiente: al igual que cualquier semilla contiene
por entero el árbol o el fruto que aparecerá dichosamente en el momento
oportuno, el microcosmos encierra íntegro al gran número. La religión,
la política, la salud, los miembros, la naturaleza, la lengua, la palabra
y los actos del microcosmos están en acuerdo musical y melódico con
Dios, con los cielos y con la tierra. Todo lo que contradice esta tesis es
error, falsedad, obra del diablo, causa última y primer instrumento de la
confusión, la ceguera y la necedad de este mundo.
Bastaría que cualquiera examinase a todos los hombres de esta
tierra sin faltar uno, para encontrar que lo que está bien y lo que es
cierto siempre se encuentra en armonía consigo mismo mientras que, por el
contrario, todo lo que se aparta de ello, está manchado por una multitud
de opiniones erróneas.
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Capítulo II
Tras permanecer dos
años en Fez, Fr. C.R. partió para España llevando numerosos objetos
preciosos en su equipaje. Puesto que su viaje le había sido tan
provechoso, alimentaba la esperanza de que los hombres de ciencia de
Europa le acogerían con una profunda alegría y, a partir de ahora,
cimentarían todos sus estudios sobre tan seguras bases. Discutió
también con los sabios de España sobre las imperfecciones de nuestras
artes, sobre los remedios que había que poner a ello, sobre las fuentes
de las que se podían sacar signos seguros concernientes a los tiempos
venideros y sobre su necesaria concomitancia con los pasados, sobre los
caminos a seguir para corregir las imperfecciones de la Iglesia y de toda
la filosofía moral. Les enseñó plantas nuevas y frutos y animales
nuevos que la antigua filosofía no determina. Puso a su disposición una
axiomática nueva que permite resolver todos los problemas. Pero todo lo
encontraron ridículo. Como se trataba de asuntos desconocidos temieron
que su gran reputación quedara comprometida así como verse obligados a
volver a comenzar sus estudios y a confesar sus inveterados errores a los
que estaban acostumbrados y de los que sacaban beneficios suficientes; que
reformaran otros a quienes las inquietudes fueran provechosas.
Era la misma letanía
que otras naciones entonaron. Su desengaño fue grande porque no esperaba
en absoluto una acogida semejante y porque entonces estaba dispuesto a
transmitir con mansedumbre todas sus artes a los hombres de ciencia, por
poco que estos se esforzaran en encontrar una axiomática precisa e
infalible estudiando las diversas enseñanzas científicas y artísticas y
la naturaleza entera. Dicha axiomática debía orientarse por su centro
Unico al igual que una esfera y, como era costumbre entre los árabes,
sólo los sabios deberían servirse de ella como regla. Así pues era
preciso fundar en Europa una sociedad que poseyese bastante oro y piedras
preciosas para prestarlas a los reyes y que también se encargara de la
educación de los príncipes que conociera todo lo que Dios ha permitido
saber a los hombres para que, en caso de necesidad, estos pudieran
dirigirse a ella, como los paganos a sus ídolos. Debemos confesar en
verdad que el mundo, embarazado ya en la época con una gran
perturbación, sentía los dolores del parto: engendraba héroes gloriosos
e infatigables que rompían violentamente las tinieblas y la barbarie,
mientras que nosotros, débiles como éramos, no podíamos sino
parodiarlos. Estaban en el vértice del triángulo de fuego cuy as llamas
aumentaban su resplandor incesantemente y que sin ninguna duda provocará
el último incendio que consumirá al mundo. Ésta fue entonces la
vocación de Paracelso que aunque no se adhirió a nuestra fraternidad,
fue un lector asiduo del Libro M, en el que supo iluminar y aguzar su
ingenio. Sin embargo también fue obstaculizado por la barahúnda
tumultuosa de los hombres de ciencia y de los necios; nunca pudo exponer
en paz sus meditaciones sobre la naturaleza, hasta el punto que consagró
más espacio de sus obras a denigrar a los insolentes y desvergonzados que
a manifestarse enteramente. Sin embargo encontramos en él, en
profundidad, la armonía de la que hemos hablado y que sin duda alguna
habría comunicado a los hombres de ciencia, por poco que los hubiera
encontrado dignos de un arte superior al de las vejaciones sutiles.
Abandonando el mundo a la locura de sus placeres, se olvidó a sí mismo
en una vida de libertad y de indiferencia.
Sin embargo, volvamos
al Fr. C. R., nuestro padre bienamado: tras realizar numerosos y
difíciles viajes impartiendo diligentes enseñanzas, frecuentemente con
malos resultados, volvió a Alemania. Amaba particularmente a Alemania
cuya transformación era inminente y que debería transformarse en campo
de batalla de una lucha prodigiosa y comprometida. En este país, su arte
y particularmente el conocimiento que tenia de las transmutaciones
metálicas, hubieran podido proporcionarle una gran gloria. Pero estimó
que el cielo, y su ciudadano el hombre, eran allí de un interés
altamente superior a cualquier pompa. Se construyó una amplia y
confortable morada en la que meditó sobre sus viajes y sobre la
filosofía, con el fin de componer un memorial preciso. Se dice que una
buena parte del tiempo que permaneció allí lo ocupó en las matemáticas
y que fabricó una gran cantidad de hermosos instrumentos aplicados a los
diferentes aspectos de dicho arte: la mayor parte de ellos se han perdido
y hablaremos mas adelante de los pocos que nos quedan. Al cabo de cinco
años volvió a pensar en la tan deseada reforma. Como era de espíritu
constante, resuelto e inagotable, y como carecía de toda clase de ayuda,
decidió intentarla por sí mismo en compañía de un pequeño grupo de
adjuntos y colaboradores. Con este fin invitó a tres de sus hermanos del
primer convento por los que alimentaba una estima particular: G.V., Fr.
I.A., y Fr. I.O. los cuales habían adquirido además una experiencia en
las artes superior a la normal en la época. Hizo que los tres contrajeran
respecto a él un compromiso supremo de fidelidad, diligencia y silencio,
y les pidió que anotaran por escrito, con el mayor cuidado, todas las
instrucciones que les transmitiera para que los miembros futuros, cuya
admisión debería efectuarse posteriormente gracias a una revelación
particular, no fueran engañados absolutamente en nada. Así pues, estas
cuatro personas fundaron el primer núcleo de la fraternidad de la
Rosa-Cruz. Las palabras pronunciadas, dotadas de un amplio vocabulario,
sirvieron para componer la lengua y la escritura mágicas que continuamos
manejando para gloria y honor de Dios, y en las que bebemos una sabiduría
profunda. Igualmente ellos compusieron la primera parte del Libro M. Sin
embargo estaban abrumados de trabajo y muy angustiados ante el increíble
aflujo de enfermos por lo que, una vez terminada su nueva morada que
posteriormente se llamó del Espíritu Santo, decidieron ampliar su
sociedad y hermandad. Escogieron como nuevos miembros al primo hermano del
Fr. Rosa-Cruz, a un pintor de talento, Fr. B., y a G.C. y P.D. como
secretarios, todos de nacionalidad alemana salvo I. A., en total ocho
miembros solteros con voto de virginidad. Debían componer un volumen en
el que se registraran todos los anhelos, deseos y esperanzas que los
hombres pudieran alimentar. Sin que pongamos en duda los notables
progresos que el mundo ha realizado durante un siglo, estamos convencidos
de la inmutabilidad de nuestra axiomática hasta el juicio final. El mundo
no vera nada más, incluso en su edad última y suprema porque nuestros
ciclos comienzan con el Fiat divino y se acaban con el Perat, aunque el
reloj divino registre cada minuto y pese a que nosotros tengamos
dificultades para marcar las horas. Igualmente tenemos la firme
convicción de que si nuestros padres y hermanos bienamados hubieran
podido aprovechar la viva luz que hoy nos baña, les hubiera sido más
fácil vapulear al Papa, a Mahoma, a los escribas, a los artistas y a los
sofistas, en vez de recurrir a los suspiros y a los deseos fúnebres para
manifestar las fuentes de su ingenio. Cuando nuestros ocho hermanos
dispusieron todo de manera tal que no tuvieron mas trabajos especiales, y
cuando cada uno compuso un tratado completo sobre la filosofía revelada y
sobre la filosofía secreta, decidieron no seguir juntos durante más
tiempo. Así pues y como habían convenido al principio, se dispersaron
por todo el país, no sólo para que los hombres de ciencia pudieran
someter su axiomática a un estudio secreto más profundo, sino también
para que pudieran informarles sobre si tales o cuales observaciones
habían originado errores en uno u otro lugar.
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Fraternitatis
Capítulo
III
Sus signos de
reconocimiento eran los siguientes: 1. Prohibición de ejercer profesión
alguna excepto la curación de enfermos a titulo benévolo; 2.
Prohibición de obligar a llevar hábitos especiales reservados a la
hermandad: Por el contrario, deberían adaptarse a las costumbres locales:
3. Obligación para cada hermano de presentarse el día C. en la morada
del Espíritu Santo, o de explicar los motivos de su ausencia; 4.
Obligación para cada hermano de buscar una persona de valía que pudiera
sucederle en caso necesario; 5. Las letras R. C. deberían servirles de
sello, sigla y emblema; 6. Durante un siglo la hermandad tenia que
permanecer secreta.
Juraron fidelidad
mutua a los seis artículos y cinco hermanos se pusieron en camino,
quedandose junto a Fr. C. solamente B. y D. Cuando al cabo de un año
estos también partieron, vinieron junto a él su primo I. O., de manera
que durante toda su vida estuvo asistido por dos personas. Y por
mancillada que aun estuviera la Iglesia, sabemos sin embargo lo que
pensaba al respecto así como el objeto de sus esperanzas y anhelos. Cada
año se volvían a encontrar con alegría v relataban exhaustivamente sus
tareas: sin duda momentos llenos de encanto los de escuchar el relato
verídico y sin artificio de todas las maravillas que Dios no ha dejado de
derramar por el mundo. Tengamos por seguro que el encuentro de estas
personas, escogidas entre los espíritus más sutiles de cada siglo, es
obra de la máquina celeste en su conjunto, y de que vivieron entre ellos
y en medio de la sociedad en la más perfecta concordia, en una
discreción total y lo más caritativamente posible. Sus vidas
transcurrieron en estas actividades encomiables y, aunque sus cuerpos
estuvieran exentos de todo dolor y enfermedad, sus almas no pudieron
rebasar el límite predeterminado de la desagregación. El primer miembro
de la comunidad que murió fue I. O., en Inglaterra, como le había
predicho desde hacía varios años Fr. C. Era de una erudición
particularmente profunda y muy versado en la cábala como atestigua su
obra H. Su fama en Inglaterra era grande, sobre todo porque curó la lepra
a un joven conde de Norfolk.
Aunque cada puesto fue
ocupado por un sucesor de valía, los hermanos habían decidido ocultar el
emplazamiento de su sepultura, lo que explica que aun hoy ignoremos donde
están enterrados algunos. Actitud con la que, en honor de Dios, queremos
testimoniar públicamente que, aunque podamos imaginarnos la forma y
constitución del mundo entero, ignoramos sin embargo –y ésta es
también la enseñanza secreta del Libro I., dónde la hemos bebido–
tanto el infortunio que nos amenaza como la hora de nuestra muerte. Dios
en su grandeza se los ha reservado para que estemos constantemente
preparados, cuestión que trataremos más explícitamente en nuestra
Confessio. En ella enunciaremos también los 37 motivos por los que
revelamos ahora nuestra fraternidad ofreciendo libre, espontánea y
graciosamente, misterios tan profundos y la promesa de más oro que el que
suministran las dos Indias al rey de España; pues Europa está preñada y
va a parir un robusto retoño al que sus padrinos cubrirán de oro. Tras
la muerte de O., el Fr. C. no interrumpió su actividad: tan pronto como
pudo convocó a los demás miembros y nos parece probable que su tumba
fuera construida en su época. Aunque los más jóvenes ignorábamos por
completo hasta entonces la fecha de la muerte de nuestro padre bienamado
R. C. y sólo supiéramos los nombres de los fundadores y de todos los que
les sucedieron hasta nosotros, guardábamos sin embargo en la memoria un
misterio que nos confió A., sucesor de D. y último representante de la
segunda generación que vivió con muchos de nosotros, en enigmáticos
discursos sobre los 100 años.
Confesamos también
que tras la muerte de A., nadie obtuvo la menor información sobre R. C. y
sus primeros hermanos salvo lo que sobre ellos se encuentra en nuestra
Biblioteca Filosófica, entre otras obras en la "Axiomática"
para nosotros capital, en los "Ciclos del Mundo", la obra de
mayor sabiduría y en "Proteo" la más útil. Así que no
sabemos con certeza si los representantes de la segunda generación
poseyeron la misma sabiduría que los de la primera, y si tuvieron acceso
a todos los misterios. Pero recordemos al lector generoso que ha sido Dios
quien ha preparado, aprobado y ordenado lo que hemos aprendido aquí mismo
sobre la sepultura de Fr. C. y que ahora proclamamos públicamente. Le
seguimos tan fielmente que en manera alguna tememos revelar en una obra
impresa todo lo que se desea saber de nosotros, nuestros nombres de pila,
nuestros seudónimos, nuestras asambleas, a condición de que como
contrapartida se nos aborde circunspectamente y que las respuestas sean
cristianas.
He aquí pues la
relación verídica y completa del descubrimiento del muy iluminado hombre
de Dios Fr, C. R. Después de la bienaventurada muerte de A. en la Galia
narbonense, le sucedió nuestro hermano bienamado N. N. Cuando se nos
presentó para prestar el solemne juramento de fidelidad y silencio,
relató confidencialmente que A. había asegurado lo que sigue: la
fraternidad no seguiría siendo secreta: dentro de poco serviría
necesaria y gloriosamente en nuestra patria común, la nación alemana. En
su posición, la noticia no le confundió. Como era un buen arquitecto,
cuando al año siguiente terminó sus tareas y se le presentó la ocasión
de iniciar un viaje, abastecido con un viático respetable y con la bolsa
de un favorito de la Fortuna, pensó en restaurar y modernizar la morada.
Mientras realizaba este trabajo se interesó por unas placas de cobre
amarillo donde estaban grabados los nombres de todos los miembros de la
fraternidad y otras inscripciones diversas. Quiso trasladarlas bajo otra
cúpula más amplia puesto que los Antiguos habían mantenido secreto
tanto el lugar y la fecha de la muerte de Fr. C. como, posteriormente, su
sepultura, razón por la cual no sabíamos nada de ella. Ahora bien, dicha
placa contenía un enorme clavo, más grande que los otros. Cuando lo
arrancaron tirando con fuerza, arrastró una piedra tallada primorosamente
que se desprendió del delgado revestimiento, mostrando una puerta que
nadie había sospechado. Con alegría y ansiedad quitamos lo que quedaba
del yeso y a continuación limpiamos la puerta en cuyo dintel aparecieron
los siguientes caracteres de gran formato: ME ABRIRÉ DENTRO DE 120 AÑOS,
seguidos del antiguo milésimo [*]. Dimos gracias a Dios e interrumpimos
nuestro trabajo pues deseábamos consultar primero nuestra obra sobre los
Cielos (Por tercera vez remitimos a nuestra Confessio pues estas
revelaciones beneficiarán a los que son dignos de ellas y, si Dios lo
quiere, servirán de poco a los que no lo son. En efecto, de la misma
manera que nuestra puerta se ha abierto de forma maravillosa al cabo de
tantos años, también deberá abrirse otra puerta en Europa cuando se
descombre el revestimiento: muchos son los que la esperan con
impaciencia).
____________________
NOTAS
[*] La expresión es oscura pues la palabra milésimo, –del
latín millesimus– tiene un doble sentido. Por un lado, acompañaba
antiguamente a la fecha en todas las monedas, medallas, etc., sin alterar
la cronología. En esta acepción. l 20 años son l 20 años normales.
Pero, también puede expresar la cantidad mi1 que se omite al enunciar la
cifra. En esta segunda acepción los l 20 años pueden equivaler a l. l20
años o a 120.000años.
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Fraternitatis
Capítulo IV
Por la mañana abrimos
la puerta y apareció una sala abovedada en forma de heptaedro. Cada lado
tenía siete pies de largo y su altura era de ocho pies. Aunque los rayos
del sol nunca llegasen a ella, estaba iluminada por otro sol –copiado
sobre el modelo del primero– que se encontraba en todo lo alto, en el
centro del techo. Como sepulcro habían levantado en medio de la sala un
altar en forma circular, con una placa de cobre amarillo que tenía este
texto:
A, C.R. C. Estando
en vida me di por
sepulcro esta
quintaesencia del universo.
El primer círculo que
servía de orla llevaba en su contorno:
Jesús es mi todo.
La parte central
contenía cuatro figuras encerradas en un círculo y cubiertas por las
inscripciones siguientes:
1. El vacío no
existe;
El yugo de la ley;
La libertad del
Evangelio;
Intacta está la
gloria del Señor.
El estilo de
estas inscripciones, así como el de los siete paneles laterales y el de
las dos veces siete triángulos que figuraban en ellas, era claro y puro.
Nos arrodillamos todos
a la vez para dar gracias a Dios, único en su sabiduría, en su poder y
en su eternidad y cuyas enseñanzas, bendito sea su nombre, son superiores
a todas las invenciones de la razón humana.
Dividimos la sala
abovedada en tres partes: el techo o cielo, el muro o flancos, y el suelo
o pavimento. No diremos ahora nada del cielo salvo que su centro luminoso
estaba dividido en triángulos orientados hacia los siete lados (más vale
que, si Dios lo quiere, los veáis con vuestros propios ojos, vosotros que
esperáis la salvación). Cada flanco estaba subdividido en diez campos
cuadrangulares, cubierto cada uno por figuras y sentencias particulares
que reproduciremos con el mayor cuidado y precisión posibles en nuestra
obra "Compendium". En cuanto al suelo, también estaba dividido
en triángulos que, por representar el reino y los poderes del déspota
inferior, no pueden ser revelados ante el temor de que el mundo
impertinente y pagano abuse de ellos (quien por el contrario está en
armonía con la percepción celeste, aplasta sin temor ni daño la cabeza
de la vieja serpiente del mal, tarea que corresponde a nuestro siglo).
Cada lado ocultaba una puerta que abría un cofre conteniendo objetos
diversos: todos los libros que poseemos y, además, el
"Vocabulario" de Teoph. P. ab Ho, y diferentes escritos que no
cesamos de difundir lealmente, entre otros su "Itinerario" y su
"Vida", fuente principal esta última de todo lo que precede.
Otro cofre contenía espejos de propiedades múltiples, campanillas,
lámparas encendidas, compendios de cantos maravillosos, dispuesto todo de
tal manera que, si la orden o la fraternidad entera vinieran a
desaparecer, todo se pudiera reconstituir aunque pasaran varios siglos,
sobre la única base de esta sala abovedada. Sin embargo, aún no
habíamos visto los despojos mortales de nuestro padre, tan meticuloso,
prudente y reflexivo. Así que desplazamos el altar y levantamos una
gruesa placa de cobre. Entonces vimos un cuerpo perfecto y glorioso,
todavía intacto, sin la menor huella de descomposición y coincidente por
completo con el retrato que lo representaba engalanado con todos sus
adornos y vestiduras. Tenía en la mano un libro en pergamino con letras
de oro llamado T., nuestro tesoro más preciado después de la Biblia y
que no conviene someter a la opinión del mundo de manera imprudente. El
epílogo del libro contenía el panegírico siguiente:
Simiente enterrada en el corazón de Jesús, C. Ros. C. era el
descendiente de la noble y gloriosa familia germánica de los R. C. El
único de su siglo que, iluminado por la revelación divina, dotado de la
más refinada imaginación, y de un ardor inagotable en el trabajo, tuvo
la suerte de acceder al conocimiento de los misterios y arcanos de los
cielos y del hombre. Tras haber sido el guardián de un tesoro más que
real y más que imperial que reunió durante sus viajes por Arabia y
Africa y para el que su siglo no estaba aún maduro (corresponde a la
posteridad revelar su sentido); tras haber formado herederos fieles y
leales a sus artes y a su nombre; después de acabar un resumen de todas
las cosas pasadas, presentes y futuras; con más de cien años y sin que
ninguna enfermedad le obligara (protegía al prójimo de ella y nunca su
cuerpo fue atacado por las misma), fue llamado por el Espíritu Santo, y
entregó su alma iluminada a Dios su creador en medio de los abrazos y de
los últimos besos de sus hermanos. Durante 1 20 años estuvo oculto en
este lugar, padre muy amado, el más dulce de los hermanos, preceptor
fidelísimo, amigo íntegro.
Debajo habían firmado
todos los hermanos siguientes:
Pr.
A. Fr. ch., jefe electo de la fraternidad.
Pr. G.V., M.P.G.
Pr.
R.C. el más joven heredero del Espíritu Santo.
Pr.
F. B., M.P.A., pintor y arquitecto.
Pr.
G.G., M.P.I., cabalista.
Pertenecientes a la
segunda generación:
Pr.
P.A., matemático, sucesor del hermano I.O.
Fr.
A., sucesor del hermano P.D.
Fr.
R., sucesor del P. Christian Rosenkreutz, triunfante en Cristo.
Todo se acababa en las
siguientes palabras:
Nacemos de Dios,
morimos en Jesús, revivimos por el Espíritu.
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Fraternitatis
Capítulo V
En este tiempo ya
habían desaparecido Pr. O. y Pr. D. ¿Dónde se encuentran sus
sepulturas? No nos cabe ninguna duda que el mayor de los hermanos fue
objeto de cuidados especiales en el momento de su muerte y que también
tiene una sepultura oculta. Esperamos igualmente que el ejemplo que hemos
dado incitará a otros a que busquen e investiguen con más celo sobre los
nombres que hemos revelado precisamente con dicha finalidad, así como
para que encuentren los lugares donde están enterrados.
Casi todos ellos
fueron célebres y apreciados entre las antiguas generaciones por su arte
médico y pueden contribuir a acrecentar nuestro tesoro o, al menos, a que
lo comprendamos mejor. En cuanto al pequeño mundo lo encontramos
conservado en otro altar de talla pequeña, cuya belleza no puede ser
imaginada por ningún hombre razonable, y que no reproduciremos en tanto
no se haya testimoniado confianza a nuestra Fama. A continuación volvimos
a poner la placa en su sitio, la cubrimos con el altar y después cerramos
la puerta y colocamos en ella todos nuestros sellos, antes de descifrar
algunas obras basándonos en las orientaciones de nuestro tratado sobre
los ciclos (entre otras, en el libro M. hoh. que sirve como tratado de
economía doméstica y cuyo autor es el dulce M. P.).
Después según
nuestra costumbre, nos dispersamos de nuevo abandonando nuestros tesoros a
sus herederos naturales y esperando la respuesta, el juicio y el veredicto
de sabios e ignorantes sobre nuestras revelaciones. Aunque seguramente
conozcamos la amplitud de la reforma general divina y humana que no sólo
satisfará nuestros deseos sino también la esperanza de otros hombres, no
es malo en efecto que el sol, antes de salir, proyecte en el cielo una luz
clara u oscura; no es malo que algunos se den a conocer y se reúnan para
promover nuestra fraternidad con su número y con el prestigio del canon
filosófico que deseaba y que dictó Pr. C., o incluso para disfrutar
humildemente y con amor nuestros inalienables tesoros, dulcificando así
las miserias de este mundo y utilizando las maravillas divinas sin tanta
ceguera. Sin embargo, para que cada cristiano pueda apreciar nuestra
piedad y nuestra integridad, confesamos públicamente la certeza en
Jesucristo en los términos claros y netos con los que ha sido proclamada
en Alemania en estos últimos tiempos, y con los que la mantienen y la
defienden todavía hoy algunas provincias célebres, contra los
fanáticos, los heréticos y los falsos profetas. Celebramos igualmente
los dos sacramentos instituidos por la primera Iglesia reformada, con las
mismas fórmulas y las mismas ceremonias. En asuntos de gobierno
reconocemos como nuestro regente y como regente de los cristianos a la IV
Monarquía. Pese a nuestro conocimiento de los cambios que se preparan y
al deseo profundo que nos anima de comunicarlos a los que están
instruidos por Dios, éste es nuestro manuscrito, el que poseemos. Ningún
hombre nos pondrá fuera de la ley ni nos librará a los indignos sin la
ayuda del Dios único. Sostendremos en secreto la buena causa según lo
que Dios nos permita o nos prohiba, pues nuestro Dios no es ciego como la
fortuna de los paganos; es el tesoro de la 1glesia, el honor del templo.
Nuestra filosofía no es nueva; coincide con la que heredó Adán después
de la caída y con la que practicaron Moisés y Salomón. No debe poner en
duda ni refutar teorías diferentes. Porque la verdad es única, sucinta,
siempre idéntica a sí misma; porque en consonancia con Jesús en todas
sus partes y en todos sus miembros, es la imagen del Padre al igual que
Jesús es su retrato; es falso afirmar que lo que es verdad en filosofía
no es cierto en teología. Lo que establecieron Platón, Aristóteles o
Pitágoras; lo que confirmaron Henoch, Abraham, Moisés y Salomón; allí
donde la Biblia coincide con el gran libro de las maravillas, corresponde
y describe una esfera o un globo en el que todas las partes están a igual
distancia del centro, ciencia de la que trataremos con más detalle y con
más amplitud en la Colección cristiana. El gran éxito actual del arte
impío y maldito de los hacedores de oro incita a una multitud de bribones
escapados de la horca a cometer grandes canalladas abusando de la buena fe
y de la ingenuidad de numerosas personas. Algunas de ellas están
honestamente convencidas que la transmutación metálica es la cima de la
filosofía y su resultado, y que hay que consagrarse enteramente a ello
porque la fabricación de grandes masas de lingotes de oro agrada a Dios
especialmente (esperan conquistar a un Dios cuya omnisciencia penetra
todos los corazones, mediante oraciones irreflexivas y con caras
sufrientes y derrotadas). Lo que proclamamos al respecto es lo siguiente:
estas concepciones son erróneas. Los verdaderos filósofos opinan que la
fabricación de oro no es sino un trabajo preliminar de escasa
importancia, uno más entre los miles que tienen que realizar, la mayor
parte de ellos de bastante más envergadura. Repetimos el dicho de nuestro
padre bienamado C. R. C.: ¡Uf! ¡Oro! ¡Nada mas que oro! Aquel ante
cuyos ojos se abre la naturaleza entera no se alegra por poder hacer oro
para, según palabras de Cristo, cebar a los diablos. Se alegra por ver
cómo el cielo se desvela, cómo suben y bajan los ángeles del Señor y
de que su nombre esté inscrito en el Libro de la Vida. Igualmente
atestiguamos que, en el terreno químico, se han publicado libros e
imágenes que mancillan la gloria de Dios. En su tiempo los daremos a
conocer y proporcionaremos un catálogo de ellos a los corazones puros.
Suplicamos a los hombres de ciencia que redoblen su prudencia leyendo
estas obras: el enemigo no cesa de sembrar su cizaña hasta que encuentre
el maestro que le expulse. Así pues, según el parecer del Pr. C.R. C.,
dirigimos la siguiente súplica a los discípulos y también a todos los
hombres de ciencia europeos que lean nuestra Fama traducida en seis
lenguas y la Confessio latina: que sometan su arte a un examen
extremadamente preciso y riguroso y que estudien cuidadosamente los
tiempos modernos antes de comunicarnos en obras impresas el resultado de
sus meditaciones individuales o comunes; que mediten con espíritu
reflexivo el ruego que les dirigimos. Aunque actualmente no hayamos
indicado ni nuestro nombre ni dónde se encuentra nuestro consistorio, es
seguro que nos llegaran las opiniones de todos, sea cual fuere la lengua
en la que estén redactadas. Y que todos los que indiquen su nombre,
conversaran sin falta con cada uno de nosotros de viva voz o, si tienen
dudas, por escrito. Por el contrario, también declaramos lo que sigue:
quien mantenga respecto a nosotros una actitud cordial y seria, se
beneficiará de ello en cuerpo y alma; en cambio quien tenga un corazón
falso o rapaz se sumirá en una miseria extremadamente profunda y no nos
causara ningún mal. Es preciso que nuestra morada, aunque cien mil
hombres la puedan contemplar de cerca, siga siendo eternamente virgen,
intacta y celosamente oculta a los ojos del mundo impío.
A
la sombra de tus alas, nuestro Creador.