DE LA ETERNIDAD A LA MUERTE

Por Juan C. Castiglione

"Con el tiempo todo llegará"
Tarzán, Phill Collins

En la cautivante nota "Por qué los hombres tienen que ir a Marte" (La Nación, 25.1.04), el escritor de ciencia ficción Ray Bradbury sostiene que la raza humana perfeccionó al mundo que existió desde siempre incompleto... ¡esperándola!
Aunque semejante expectación inflame nuestro orgullo de estirpe al conferirnos una dignidad sin par, debemos ser cautos, pues toda autocotización es sospechosa. ¿Para qué precisaría el mundo aguardar nuestra aparición durante un sinfín de años? De todos modos, lo que llama la atención y motiva estas líneas es la insistencia con la que se recurre a la eternidad en la todas las áreas de la cultura. 
El tema comenzó con los mitos, pero la verdadera fuerza expresiva fue impuesta en la modernidad. Isaac Newton postuló que el inmutable mundo físico no registraba comienzo. Pese a que en su momento resultó difícil contradecir al sabio, la teoría comenzó a desmoronarse con una observación sencilla (paradoja de Olbers): "¿porqué el cielo nocturno es oscuro?". La pregunta parecía una nimiedad, pero desacreditaba la postura. En efecto, se razonó que si las estrellas existían desde siempre en un espacio interminable, su luz ya debería haber llegado a nuestra posición desde cada punto del cielo, convirtiendo la noche (y el día) en un fuego abrasador. Quedó en claro que no había eternidad.
Con todo, la idea no fue sepultada. Más adelante surgió la teoría del estado estacionario que, contrariando la del inicio abrupto del orbe, postulaba de nuevo la invariabilidad del mundo, esta vez merced a un mecanismo de creación continua. Graficando la dificultad de la cuestión, una vez más la postura del mundo eterno quedó relegada cuando se constató la expansión del cosmos y el residuo de microondas.

Incluso hoy, cuando reina cierto consenso en reconocer un nacimiento cierto del mundo, hay quienes insisten en que el actual ciclo del universo es apenas uno entre infinitas series de aparentes nacimientos y muertes. Para esta mirada (atroz, por cierto, pues no hay modo de desacreditarla), todo es repetición...
Muchas teorías cosmológicas, pues, contradicen a la teología al reclamar la totalidad del tiempo para el mundo físico. ¿Es imaginable una duración de tal calibre? 
Hay una manera de hacerlo (aunque pavorosa). En primer lugar, desistamos de adicionar tiempo a la duración más extensa que podamos fantasear. Sería tan estéril como conseguir un conjunto transfinito sumando número más número. Lo que debemos hacer es pensar no en términos de cantidades sino de probabilidades. Y a cada probabilidad debemos asignarle un instante. Si cada momento contiene una posibilidad, entonces la eternidad es la realización efectiva de todas las alternativas, incluso las jamás sospechadas. Bastaría asignar una ínfima probabilidad a un suceso cualquiera, aunque suene ridícula (ganar 1.000 sorteos de lotería seguidos), para que en la eternidad se cumpla... ¡una infinidad de veces! En tal duración, sencillamente, sucederá todo.
El panorama es aterrador, pero lógicamente consistente. Quien mejor lo ha visualizado, según creo, es Jorge Luis Borges en el cuento "El inmortal". Allí (IV) habla de la extraña "...república de los hombres inmortales (que) había logrado la perfección de la tolerancia y casi del desdén. Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez... Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes... Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres... soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy...". 
Por eso, el genial escritor concluye que "La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último... Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, o... que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario...".

Casi todos coincidimos en reconocernos limitados, pero discrepamos a la hora de establecer qué reclama nuestra estirpe. Muchos darían lo indecible por vivir para siempre (¿eso buscan quienes se congelan para escapar de la muerte?), aunque su nueva situación podría convertirlos en mediocres, como dice Borges. A lo mejor, la suma del tiempo sea como el alcohol, que cuando rebasa cierta cantidad él mismo impide ser gozado. Quizás, el borde de la existencia se nos imponga como el precio que debemos pagar para asignarle sentido y nobleza a nuestra vida. ¡Quién sabe!

Juan C. Castiglione. Abogado, periodista de temas científicos y culturales.

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