MONUMENTOS
Es mejor un mayo francés que un julio argentino
( Grafitti en el monumento a Roca)
Por Luis Mattini
Una de esas cosas amargas en la historia de los movimientos emancipadores es cómo, con
harta frecuencia, las clases dominadas y los pueblos oprimidos, se contagian de las
megalomanías de las clases dominantes. Y, teniendo en cuenta que la megalomanía no es
sólo eso, sino también uno más de los instrumentos de dominación, podría sospecharse
que las clases dominadas que así imitan, aspiran a ser dominadoras. Un claro ejemplo de
esto es la repetición de los monumentos. Los griegos parecían ya saberlo y de allí la
leyenda del caballo de Troya. Pero hablando de historia, recordemos que el movimiento de
Spartacus empezó a descomponerse cuando comenzaron a construir con la oposición de
su líder gigantescos monumentos heroicos a imagen y semejanza de los romanos. Las
energías subjetivas canalizadas hacia esa parafernaria inútil debilitó la fuerza para
resistir la ofensiva militar de Cayo Craso.
El llamado socialismo real, al que prefiero llamar ese que supimos construir,
se destaca por la insoportabilidad de sus monumentos. El mausoleo a Lenin fue la primera
traición a la revolución. Monumentos de una estética más cercana al fascismo que al
liberalismo. Estética imperial tomada, no de la Atenas de Pericles, sino de la Grecia de
Alejandro o la Roma de César y sin algunas de las virtudes del pragmatismo de la
ingeniería romana. En este punto no puedo resistir la tentación de sumar también a esa
megalomanía, los monumentos al saber: las Academias de Ciencias, las que el
socialismo real reprodujo en versiones corregidas y aumentadas a las de la sociedad de
clases. Y por supuesto, como caricatura nostálgica de aquel musculoso cretinismo mental,
entre nosotros suelen reproducirse con el nombre de universidades populares,
con sus mismos atributos: rectores, decanos, popes, doctores, etc. Para que no falte nada
en esa moral victoriana, en sus cursos a veces se expresa el nada sutil machismo de rendir
homenaje a destacadas mujeres del pueblo, sin olvidar la partícula de,
adicionando el apellido del marido, con la fotocopia de la libreta de matrimonio burgués;
es decir, la mujer de fulano, abnegada compañera de tal luchador incansable.
Ni hablar de los monumentos de bronce al Che!
Cabría apuntar, sin profundizar el tema, sólo para provocar la discusión, que los
monumentos poco tienen que ver con los mitos y sí mucho con los fetiches. Los mitos, como
la religión, el arte y hasta la propia ciencia, son distintas formas del espíritu para
enfrentar la incertidumbre de la vida zarandeando la memoria para afianzar los recuerdos.
Sin los mitos no habría vida y cultura humana, no habría sentido del tiempo, todo sería
puro presente. Los fetiches, en cambio, cubren las carencias del espíritu, como
sortilegios a la muerte.
Ese fetichismo con los monumentos, que como tal poco tiene que ver con la vida y con la
memoria, se nos pega de tal modo que funciona a la inversa; le damos más importancia al
fetiche que representa la dominación, que al dominador mismo; somos capaces de hacer una
guerra para derrumbar un monumento representativo de tal o cual dominador del
pasado, mientras los que están presentes,(no los re-presentados), repito, lo que está
presente, pasa a nuestro lado en vivo y en directo. Tanto los presentes dominadores como
los presentes dominados.
Lo anterior viene a cuento a propósito de esa propuesta de quitar el monumento a Roca, el
eficaz ejecutor de la campaña del desierto que casi exterminó a los pueblos
originarios de las pampas. (Curioso: no he escuchado que se proponga también quitar los
monumentos a Rosas, quien realizó la primera campaña del desierto, menos
aún al bienintencionado cura Bartolomé de Las Casas, quien proponía liberar de la
esclavitud a los indígenas, trayendo...africanos. ) Supongo que incluso se propondrá
también cambiar de nombre a la Avenida.
Volviendo
a ese monolito de piedra y bronce que re-presenta a Roca y que casi nadie ve; mientras se
discute, se gasta saliva y esfuerzos, se arman polémicas y se habla del genocidio pasado,
un grupo de la comunidad Guaraní, El Tabacal, de Salta, hace meses que deambula por las
calles de Buenos Aires, de oficina pública en oficina pública, exigiendo la solución
para sus tierras en un lugar denominado la Loma. Han llegado a Buenos Aires porque es la
capital de la Nación, porque increíblemente ellos se sienten argentinos, ciudadanos de
esta nación. Increíble digo, porque Roca y Rosas, tucumano el primero, porteño el
segundo, argentinos ambos, fueron ejecutores de una política del Estado Nacional. A
diferencia de los criollos, estas comunidades no parecen tener demasiado identificación
con la provincia, no parecen sentirse salteños, se identifican directamente con la
Nación. Paradójicamente la Provincia, en virtud de este federalismo, producto de guerras
civiles entre criollos, es soberana y la solución a sus problemas es principalmente
provincial. En otro lado de la misma provincia, una tradición Wichi está amenazada por
la desafectación de reservas naturales realizada, en ejercicio del disfrute de la
autonomía provincial, por la legislatura de Salta. En otro extremo, del país,
comunidades mapuches se defienden denodadamente de la amenaza de expulsión en Río Negro,
por familias criollas que se apropian de sus tierras. En Misiones, Chaco, Formosa, etc,
ocurren hechos muy parecidos. Y para colmo, con la extensión de la frontera agrícola,
diversas comunidades están amenazadas por la avidez de empresarios, casi todos
argentinos, gran parte de ellos ...cordobeses. Claro, también está Benneton. Pero que
quede claro amigos, Benneton es uno más, no es ni mejor ni peor que los criollos, que sea
extranjero no agrava la situación de las víctimas.
En los años ochenta esta Argentina, blanca, europea y cristiana, se rasgó las vestiduras
ante el mundo civilizado con la promulgación de la ley 23 302, declarando de
interés nacional la atención y el apoyo a los pueblos aborígenes. La misma ley creó el
Instituto Nacional de Asuntos Indígenas previendo en su composición una representación
de los pueblos originarios. También la misma ley ordena la adjudicación de tierras a las
comunidades y la educación en sus lenguas madre. De cumplirse esta legislación, aún
imperfecta, los pueblos aborígenes obtendrían una serie de beneficios que significaría
resarcir en mínima parte sus sufrimientos históricos.
Como Ud. sabe o puede imaginarse, esa ley es papel mojado. El Instituto está compuesto
por funcionarios criollos, funciona en un entrepiso del Ministerio de Desarrollo Social
con un presupuesto exiguo que además su mayor parte es consumido por la administración.
La TV, el progresismo, la izquierda tradicional, y hasta algunos sectores más
radicalizados el movimiento popular, ponen el grito en el cielo cuando Benneton, o un
gringo en Catamarca, se apropia de tierras de campesinos. Desde luego, es bueno que así
sea; pero ocurre que esa indignación suele estar cargada de estúpido nacionalismo,
irritados porque los usurpadores son extranjeros olvidando, con ignorancia
supina, que una cosa es la propiedad de la tierra y otra la soberanía. La injusticia
está en el régimen de propiedad de la tierra; esos estallidos chovinistas, más que la
indignación por la injusticia hacia otros, parecen expresar el sentirse agraviados en la
soberanía, lo cual no sería criticable, si no ocultara la terrible agresión de los
criollos, sean estos funcionarios provinciales, como empresarios privados contra las
comunidades.
Ocurre que, ley más ley menos, hay algo mucho más fuerte que la ley y son nuestras
conductas etnocéntricas, palabra esta que consiste en un eufemismo antropológico del
racismo. Nuestra izquierda y nuestro movimiento popular, incluido el nacional y popular es
hijo indeseado del liberalismo, (porque, como decía Perón, todos somos hijos de la
revolución francesa) y el mito igualitario, además de ser una falacia en los hechos, en
su propia teoría implica tratar de la misma manera a aquellos que tienen necesidades
distintas. En la construcción de esta Nación, ese papel igualador le cupo a
la Escuela. Por lo tanto, esa Institución nacional de la que estamos orgullosos
tanto liberales, como izquierdistas o nacionales y populares, la Escuela, buscó la
igualdad en la educación castellanizada. No hubo mala intención, por el contrario, se
consideraba que se educaba y que la educación sólo se puede hacer mediante la lengua.
Pero he aquí precisamente el problema: nuestra docencia no consideraba lenguas a las
aborígenes: ¿Que exagero? ¿Que todavía guardo rencor a aquella profesora de castellano
que me reprobó porque en un examen mencioné al guaraní junto con el inglés y el
francés como ejemplos de lenguas? Quizás las cosas hayan cambiado un poco; de todos
modos desafío a algunas de las disciplinas sociales, de esas que se especializan en
encuestas, a que realicen un estudio sorpresivo entre los docentes y comunicadores de
todos los niveles de nuestro país, acerca del concepto que tienen sobre el habla de los
aborígenes. No sería sorprendente que la mayoría estuviera convencido todavía, que los
aborígenes tienen dialectos, no lenguas.
De la misma forma y siempre hablando de nuestro campo es común no distinguir
entre las diversas naciones y comunidades indígenas, sus armonías y contradicciones, sus
viejos enfrentamientos, los que de últimas han sido excelentemente aprovechados tanto por
los conquistadores españoles como por los criollos.
Así, por ejemplo, se recuerda el papel jugado por los mapuches durante las
invasiones inglesas. Sin embargo, quien se moleste en darse una vuelta por la Patagonia,
regresará con muchas dudas. No habrían sido mapuches sino Tehuelches, que no es lo
mismo venidos desde ese sur, esos altos lanceros que hicieron retroceder a las
fuerzas inglesas.
Y en donde hay que insistir hasta el cansancio: al menos en el territorio que hoy llamamos
Argentina, es en recordar que las matanzas y las crueldades, las arbitrariedades, las
trampas etc. con los aborígenes fueron inmensamente mayores en el periodo posterior al
final de las guerras de la Independencia y además cometidos mayoritariamente por
criollos. (relea el Martín Fierro, un sólo italiano en todo el poema, un gringo
extraviado en la pampa, y después me cuenta)
En 1885 el Ejercito Nacional logró rodear, en la región de Pocahullo, actual parque
Lanin, a 120 000 mapuches con sus mujeres y niños, una vez prisioneros los hicieron hacer
una larga marcha de 1200 km hacia la costa. Sobrevivieron escasamente cinco mil,
trasladados luego a Buenos Aires donde los expusieron ante el público como trofeo de
guerra civilizatoria. Y ¿Sabe qué? En ese momento cientos de inmigrantes españoles y
italianos se regresaban a Europa, porque la crisis económica hacía insostenible la
permanencia en el país. Cuentan las crónicas que esos gringos y gallegos se
abrazaron con los mapuches que venían encadenados por la avenida de Mayo,
identificándose con ellos como compañeros en la miseria.
Algunas cosas también interesantes se podrían contar sobre las relaciones de la colonia
Galesa en el Chubut con los Tehuelches. Esos inmigrantes que habían llegado perseguidos
de las intolerancias europeas, y estafados por los políticos de este país, encontraron
natural hermanarse con los Tehuelches.
Así como existe una profusa legislación a favor de los indígenas, que es papel mojado,
también existe una proliferación de monumentos a esa raza indómita, de la
que estamos orgullosos, a la que llamamos hermanos sin compartir su lengua y siempre y
cuando que se mantengan un tanto lejos. Pero aquí están, presentes, en las calles de
Buenos Aires, o en sus comunidades en la mayoría de las provincias, reclamando la
aplicación del artículo 75 inc. 17 de la Constitución Nacional. No son
monumentos, son personas en carne y hueso, con una increíble paciencia para
peticionar, insistir, resistir humillaciones. No propician destruir monumentos, porque de
ser consecuentes, deberíamos destruir la propia Buenos Aires, reclaman que se les
restituya las tierras ancestrales.
Por suerte, frente a ese amor por la muerte expresado en el culto a los monumentos (y por
lo tanto a remplazar los de las clases dominantes por los nuestros) la vida se
abre paso pese a todo. El contramonumento al ejecutor del genocidio ordenado
por el Estado Nacional, si se quiere, ya está hecho como una expresión de espléndida
creatividad; en efecto: en la base del monumento a Julio Argentino Roca, sito en la
avenida de su mismo nombre en el cruce con la calle Perú, alguien, seguramente un joven,
escribió una frase que expresa, no sólo el repudio, sino toda una línea de acción
Es mejor un mayo francés que un julio argentino
Ahí está la vida, nada de disputar la necrología al poder con otra necrológica;
disputémosle la calle vital junto a esos descendientes de los pueblos originarios
presentes. Porque una de las consignas más profundas del mayo francés fue aquella que
tanto repudiaba al capitalismo como prevenía sobre su reproducción: debajo del
pavimento está la playa.
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