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Memoria del
Fuego
Las personas que habitan
Santiago son agudamente conscientes de tres cosas. A, la ninguna
importancia que tenemos para los grandes centros económicos del mundo. B
lo agreste y yerma que es nuestra naturaleza - pero no podemos vivir sin
ella. C lo maravillosamente hermosa que es nuestra música. Esas tres
cosas, de una u otra manera, por reflejo o inducción, han estado presentes
como un hilo en todo verso de nuestros poetas. Luego lo demás: el amor, el
fervor, la ilusión y el constante viaje, la vida como algo dulcemente
interior que desgana extrañamientos. Aquí una selección incompleta de
algunos de los escribidores de poemas que parió, durante el XX, este fuego
hiperfísico al que llamaron Santiago.
Poesía de Santiago del
Estero
Bernardo Canal Feijóo EN EL DORADO MEDIODÍA
DANZA
En el dorado mediodía danza- La he visto en luz
cuajada de repente tentando hoja por hoja los follajes hasta lograr
la copa concertada en la tarea azul de su antemúsica. Danza igual
que las risas en los ojos hasta rozar la veta de la sangre, -el
viento de sus pies rasga la hierba con el paso fugaz que olvida el
rastro sin peso al hilo de la tierra atenta creciendo al beso de la
luz dorada,- danza igual que las brisas hacia el fondo -oh la
perenne viva, la gozosa, y huye como llevada de la
mano.
Clementina Rosa Quenel ALGO DE TI ESTÁ EN LA
NOCHE
Algo de ti está en la noche, labriego. Y sin embargo,
duermen los surcos. Ya no perteneces a la noche ni a la senda. Caes
por las hojas del otoño Como los besos tristes que se llevan el olor
del estío.
Está olvidándote el descanso de la reja. El oeste ha
visto pasar los leñadores en el rumbo de sus bosques lejanos Y tus
dedos ya no tienen caricias de agua.
Ya sé que tu arado está
muerto Brotando verbenas en algún poniente extinto Yo sé que en tus
trojes ha callado la tarde Y la siesta en tus berbechos sólo inventa el
recuerdo.
Y sin embargo, algo de tu modo silvestre tiene el
aire, Labriego muerto.
Carlos Artayer ABUELO
INDIO
No creas que me avergüenzo de tus pómulos, de la dura
talla de tu boca. Tus manos me vienen a los labios olorosas de
tanino fresco; entonces, tu sonrisa se abría de mi nombre y olía a
pino cuando pronunciabas "nieto".
Porque eras carpintero, pero no
de cualquier modo de tu mano junto al mueble se crecía el
escultórico perfil de la guitarra y al pulsar sus resonancias era tu
propio corazón el que sonaba.
En las pulidas noches del
verano tus manos de escoplo tallaban la morosa cadencia de la zamba;
yo era, entonces, un pájaro sin dueño que en el cuenco sonoro de tus
manos volvía por tu piel hacia la raza.
Y ya eras entonces,
abuelo guitarrero; pero no de cualquier modo; era fácil escucharte y
entender tu linaje de cielo abierto y pampa.
Por eso, no me
avergüenzo de tus pómulos, de tu memoria americana, y aquí te nombro
otra vez, abuelo indio, mirándome en tu piel que no
descansa, historia de un taller en que buscaba la tesitura aluvional
que nos signaba. Y qué fácil entender tu sangre absorta Cuando
asciende por mi sangre tu guitarra.
Felipe
Rojas RÍO DE CARNAVAL
Huyó hacia el sol tu enero de
ríos, cuando el silencio hurgaba las horas sumergidas. No
debieron crearte los enamorados del viento. Ni los otros, aquellos
castos del remanso. Ellos fueron la tarde, un libro de cristal en
las arenas, nosotros el esfuerzo de aprender melancolías. Vayan por
mi sombra a juntar el sueño de las piedras. No arrojen tanta
pena, que se apaga de celos el verano. Espero donde termina el
sonido midiendo tus orillas de nutria. Busquémonos suavemente y que
lloren de una vez las golondrinas. Al norte de la tierra,
horizontales indios derrumban sus malones. Qué ganas de morir lleva
el querernos con tu manera infértil de sembrar el agua. Alcánzame la
noche, voy a lustrar el corazón del cielo. Se disfraza la tarde de
últimas palomas, y muero. Ahora descubro tu difícil pollera de
innumerables vidas. Guitarras morenas tocan mi resurrección
celeste y vengo a salpicar tu cuerpo. Arrima el carnaval a tu regazo
de tumbas. Sabes que el amor, tu amor dolido ahoga en el fondo de la
hembras un hombre innecesario.
Carlos V.
Zurita MUÑECA QUE DICE SÍ Y NO
Me pierde me
abandona me sostiene su nombre invade mis papeles me complica la
existencia ella es mi manera de vivir
última entre las esclavas
de ojos azules has vuelto y miras todo esto los escombros de los
días sin vos mi alfabeto arrasado la lámpara que una mano desierta
apagaba hacia el amanecer.
sin embargo estoy feliz de haber
estado triste tanto tiempo al fin y al cabo estoy loco de nosotros
dos tan semejantes tan cómplices en acechar las mismas
visiones
Alberto Alba RECIBÍ TU CARTA
y la
leo todos los días (así es la fidelidad de tu letra) y es como estar
dentro de una barca en un río tranquilo.
Tus palabras escritas
son como el horizonte o como la línea ideal que los astrónomos
trazan para verificar el paso de un planeta. Pasaron luces por mi
corazón, pasaron estrellas muertas, pasó algún planeta
sangrante, el último hijo de Marte, pero únicamente en vos pudo
fecundar mi amor. Porque canto.
Hoy, jueves, día de lluvia
en que no sé si te quedaste conmigo o si yo salí contigo. La
cuestión es que te estoy hablando todo el tiempo con amor y bronca
por la lluvia que no me deja oír tu regreso. Te quiero y te
beso.
Julio César Salgado PERMISO DE
BAILE
Nada es más glorioso y más efímero que tu imagen en
esa montura astróloga casta converso y memoro tu modelo de indecisa
danzante santiagueña llamando por una ventana incendiada aspirando
el suave humo de los hornos alumbrada por tus débiles y sedosas
ropas blancas saludando a un secreto auxilio que roe desde los
ranchos sin colores de Frías tu errante narcótico. Soplo el
fuego turbado por tus señales. Negra oscura fruta Amorosa amazona
acostumbrada a la mortífera música atada a las mudanzas en los pisos de
tierra regateando tus nalgas amaestradas por la canción de las
sombras.
Alberto Tasso QUÉ DÍA TAN
EXTRAÑO
Qué día tan extraño cayendo en torno mío vestido
de un dolor que va a lo hondo y rigurosas aves. Ved a mi alrededor
el cielo gris, maldito destilando una fiebre que encanece a
quien toca. Ved como no hay secreto que permanezca Oculto ni
corazón que arda. Yo seguiría en pie, viajando en busca de
otro sitio pero me ciega el alma esta mañana.
Selva
Yolanda Ramos TE LLEVO EN MÍ
Te llevo en
mí recorriendo los ríos subterráneos del destierro. La memoria
genética del sueño te contempla raíz paloma cielo.
Una
inmensa soledad estremece mis tardes. Estoy sola de ti y en mi
horizonte una bandada de pájaros celestes ha plegado sus
alas.
¿Dónde estás cuando estás a la hora de los gritos dónde
pusiste el canto dónde el alba?
Salvaje y frutecido amor te
necesito.
José Luis Grosso ECLIPSE DE
LUNA
Un antiguo rito consiste en golpear en los
morteros acompasada y unánimemente durante la ocultación para que la
luna no muera...
Se abre el silencio ante el eclipse de
luna...
Recuerdo cuando en la niñez la casa se llenaba de
tinieblas.
Cuando en la aldea se cumplían los
presagios bajo el dedo de Dios.
Cuando se ocultaba en la
torre occidental del castillo.
Cuando Quetzalcóatl asentaba el
largo vuelo con las alas desplegadas.
Cuando el terror corría
por las sendas vírgenes de la lengua.
Las bacanales de la danza
blanca se hunden en la oscura oceanía, pues el errante
Ulises viaja monologando espacios...
Por esas cosas del
hombre, la sonrisa ingenua del día halló los trabajos de la fuga y
el cariño. Por esas cosas... ya no se desnuda la luna en las
nocturnas aguas del Mishqui... Mayup Maman yace muerta en la
arena...
El peso del mundo boca arriba se abre el pecho de un
dolor antiguo.
Y el cielo cae y la poesía enceguece en los
callados morteros de las madres de Huaico Hondo su destierro.
Mi
corazón golpea; de haber sido por mis manos también ellas hubieran
invocado la vida.
Jorge
Rosenberg DECLARACIÓN DE AMOR
Camino por la calle
de los enmascarados voy a amar a una mujer que guarda en su
corazón una torcaza estrangulada.
De formas y momentos que de
ella desaparezcan cuando caiga la noche se habrá derrumbado para
siempre la patria.
Si la inolvidable memoria detuviera sus
pasos y sin gorrión el viento norte haga volar la cabeza de un amigo
poeta y la palabra herida convierta la metáfora en traición se habrá
derrumbado para siempre la patria.
Ya quebrado el leño
enorme que alumbraba la otredad en el desierto rojo de sus ojos
invictos habré perdido mi patria habré perdido mi amor.
Si de
repente el viento con el recuerdo y la distancia torne imposible y
no pueda copular.
Si mis pasos sean un remolino en la calle de
los enmascarados y no pueda llegar a ese cuerpo de mujer por
deslumbrar su corazón se habrá derrumbado para siempre la
patria.
Aunque estos versos emerjan de la tortura de un sueño
espantoso de una noche sirva ésta como última forma de vivir, para
decirle en silencio que la amo.
Pablo Tasso
VI
Se decían así: las chicas fiorucci era la época
de alfonsín, eran el resabio sanguíneo adulterado de dos
generaciones caídas o de pie, no era tan visible: eran chicas
argentinas. una usaba condón como loca, poseída. La otra es menester
decirlo sin tapujos, también. Un hablaba un italiano carcomido por la
idiotez: tutto bene, bene tutto y pasta cuccinatta raviol,
también decían raviol y era una jerga y era una jerga en la que
entrábamos todos y no se escapaba nadie como en la bolsa de los
gatos. Una de las fiorucci se llamaba Clelia y a pesar de eso era
moderna y amorosa. La otra se llamaba Delia y a pesar de eso la
quise sin tapujos, poseído, mirando el sol, cerrando los ojos. Había
un chico que se llamaba trapo, le decían trapo y era un sordomudo al
que todos deseaban porque las chicas fiorucci eran las que
dictaminaban los cánones del deseo en el barrio. Hasta yo deseé a
trapo con una locura que hoy no reconozco. Había otro que hacía bromas
estupendas se hacía prender porros por los canas y nosotros lo
esperábamos en un banco de la plaza y él era amigo nuestro porque tenía
esa gracia o alguna otra que ya no supe nunca porque mi chica
fiorucci me dejó o nunca me tuvo o pasó el tiempo y no sé dónde se fue
o dónde está. A veces cuesta despegar los ojos, ver que Delia era un
sobrenombre, verla sobre un hombre o no verla y no verla y no
verla. Otro muchacho se llamaba Raúl pero, qué curioso, he olvidado
su
gracia.
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